Dos cartas sin receptor

OPINIÓN

LOS DOCUMENTOS más estremecedores del día son esas cartas que escribió Joseba Pagazaurtundua, el último asesinado de ETA. Son dos cartas dirigidas al consejero vasco de Interior para denunciar que intuía la proximidad de su ejecución. Son cartas escritas, pero que nunca han llegado a su destino. Yo quiero, necesito, creer que nunca fueron enviadas. Quiero, necesito creer al señor Balza cuando asegura que no las ha recibido. Necesito creerlo, porque sería inhumano que el responsable de la seguridad vasca desoyera la petición de auxilio de un ciudadano. Un gobernante puede ser ineficaz, descuidado, distante, torpe, pero nunca puede ser cómplice de una banda de terroristas, aunque sea por omisión. En todo caso, el descubrimiento y existencia de esas cartas tienen un impresionante valor humano. Muestran a una familia que, al darlas a conocer, expresa toda su capacidad de dolor e indignación. En la busca de una causa última del crimen, no ven sólo a la mano ejecutora, sino todo el entramado de autoría, inspiración y connivencia del complejo mundo vasco. Denuncian lo mismo que había denunciado la hermana del asesinado, cuando dijo el 16 de diciembre que «Batasuna apunta y ETA dispara», con la diferencia de que ahora transfieren la responsabilidad al encargado de la tranquilidad pública. Es un grito en medio de una sociedad atemorizada. ¿Y qué decir de Joseba? Cuando entró en aquel café donde encontró la muerte vil, dio la impresión de ser un hombre tranquilo y confiado, que incluso tenía descuidada su propia seguridad. ¡Qué error! Esos textos contienen todo el miedo de un hombre; un miedo que no confesó a sus compañeros de partido y sólo se atrevió a poner en un papel. Ahí está retratada la angustia de sentirse vigilado. Ahí está la expresión del terror de sentir una pistola en la nuca. Al saber que existe ese testimonio, casi un testamento, sólo cabe una pregunta: ¿cuántos ciudadanos vivirán así? Sabemos los que han muerto, contamos los que han escapado de la limpieza étnica; pero hay muchos, como Joseba, que no pueden ni escapar.