EL DÍA 20 de octubre pasado La Voz presentaba su barómetro de otoño: líneas discretas, tonos templados, sabiduría en el patronaje y continuidad en las ofertas. Hoy presenta el barómetro de invierno: líneas bruscas, colores calientes, tosquedad en el estilismo y aires de ruptura. ¿Qué ha pasado entre el 20-O y el 23-F para que el aspecto de la pasarela política gallega haya cambiado de esa forma? Pues ha pasado que el negro (negro duro, espeso negro) se ha apoderado de la escena y se ha llevado por delante líneas, tonos y patronos. En otoño la intención directa de voto al PP había experimentado un cortísimo repunte: tras una larga temporada de caídas constantes aunque lentas, los populares se colocaban en el 24% de las intenciones expresadas, doblando las que el PSdeG y el BNG obtenían en conjunto. El 13,3% de los primeros no significaba en términos absolutos un avance sustancial, pero era relativamente esperanzador para Touriño a la vista de la caída libre de los nacionalistas, que tocaban fondo con un 10,7% de las intenciones expresadas. Nada permitía deducir en otoño sin embargo que las cosas fueran a cambiar de un modo sustancial, pues lo único que se movía de verdad era el porcentaje de indecisos, que, como las pilas Duracell, subía y subía y subía. Tanto que dejaba abierta la posibilidad de que volviera a ocurrir en 2005 lo que ya había acontecido en 2001: que los indecisos (en su mayoría votantes descontentos del PP) se inclinaran finalmente por preferir lo malo conocido a lo bueno por conocer. Todo eso era en octubre. Pero el 13 de noviembre llegó el negro (negro inmenso, brutal negro) y con él una ola gigantesca que no solo precedió al naufragio del Prestige sino que fue también su consecuencia. Hoy hemos conocido sus efectos, que si no son espectaculares en intención directa de voto (el PP pierde algo menos de dos puntos, el PSdeG gana uno y medio y cuatro el BNG) indican, sin embargo, que por primera vez una gran parte de los descontentos del PP se han decidido ya a apoyar a otro partido: al Socialista o, en mayor medida, al BNG. Fíjense, si no, en la caída impresionante del porcentaje de indecisos, de los cuales sólo una parte pasan a refugiarse en la abstención. En coherencia con todas esas novedades, Sondaxe (que acierta en Galicia más que nadie) pronostica un batacazo para el PP y un seguro cambio de mayoría si mañana se celebrasen elecciones autonómicas. Pero, claro, las elecciones deberán de celebrarse, en principio, en 2005. ¡Y quién se atrevería a decir qué puede pasar en la pasarela gallega dentro de tres años! Pues la moda, ¡ay la moda!, es tan imprevisble, cambiante y caprichosa.