La calle global

OPINIÓN

EL PASADO sábado, como no llegaba a tiempo para la manifestación de Santiago, decidí quedarme a la de Barcelona. Aunque el recorrido por el Paseo de Gracia fue difícil -de hecho fue más una concentración que una marcha, porque todo el trayecto estaba saturado-, cuando uno se encuentra en medio de una avenida de una amplitud magnífica, con una arquitectura y una ordenación admirables, es cuando se adquiere plenamente la dimensión del espacio público. Al mundializarse la economía se pensó, con una gran dosis de papanatismo, que sólo se trataba de la globalización de la riqueza y de la información selectiva. Ahora nos damos cuenta de que también se globalizan las grandes decisiones, porque se ha mundializado la comunicación. El correo electrónico, que transmitía estos días mensajes llegados desde todas las partes del mundo, ha permitido que, a pesar de las fronteras y los colores, de las ideologías y las creencias, se adopte una conducta generalizada de dar la espalda a aquellos que toman decisiones en contra de lo que podríamos llamar un «sentido común mundial». Como el darwinismo natural que lleva hasta la especie humana, la selección no sólo preserva lo más fuerte, sino también una actitud colectiva que nos impulsa a actuar en situaciones extremas de forma parecida. De este modo los ciudadanos en las calles conectadas de todo el mundo, husos horarios aparte, pueden conseguir que decisiones casi tomadas se modifiquen o, cuando menos, se maticen. Tanto es así que la guerra, que se presentaba como inevitable hasta ahora, empieza a no serlo. Pero lo realmente interesante es que este fenómeno se produce en y desde las ciudades. No en representación del espacio político de las regiones o de los países, sino en la de los espacios públicos urbanos, que hacemos nuestros por unas horas. La visión de la calle cambia de su concepto escénico tradicional de locus al de un nuevo lugar global, sin solución de continuidad entre Times Square, la Puerta de Brandemburgo, la Plaza de la República, la Puerta del Sol o el Obradoiro, y por ello es tan torpe menospreciarlo como atribuirse como propio ese clamor. Todo hay que decirlo, nos hemos sentido más convocados por el tráfico politizado no partidista en la red y los medios de comunicación que expresaban la ruptura de ese sentido común , al no agotar la vía diplomática, que por la política oficial de los partidos. La calle es el ámbito de la libertad donde, una vez que desaparecen los coches, se produce una proximidad entre gentes autóctonas y foráneas, entre grupos diferentes que sin tener en principio nada en común, sienten la necesidad de oponerse a una guerra que supondría el bombardeo de otra ciudad de este mundo global, Bagdad, con muertes sin retorno. Y además, se está produciendo un cambio en la manera de usar la calle, ya que ante algo tan dramático como la guerra, la puesta en escena de las manifestaciones ha sido en un tono festivo y amable, evitando ciertas actitudes que se han dado en los foros antiglobalización, con expresiones violentas de sectores radicales minoritarios. Por ello, a pesar de todo, la ciudad es un gran invento, porque desde su nacimiento ha sido capaz de acomodarse y transformarse al compás de la evolución social.