NO ESPERÓ ni un día completo. A las pocas horas del debate sobre Irak, Felipe González se dejó entrevistar en la radio. Se nota que tiene ganas de hablar. No acude al Congreso de los Diputados, pero no rechaza la oportunidad de dirigirse al país. En parte, le hizo un favor a Zapatero: se puso de su lado. En la medida en que fue el responsable del apoyo español a la guerra del Golfo, verle ahora contra la guerra es un respaldo a la postura de su sucesor. Digo sólo en parte , porque las comparecencias de González también están envenenadas: permiten la comparación. Y claro: Felipe es Felipe, sus tablas son sus tablas, y Zapatero sigue siendo un notable primerizo. Se notó en un pequeño aspecto: el ex presidente cazó al vuelo la finta parlamentaria que había hecho José María Aznar al presentar como resolución el papel aprobado por los Quince. Zapatero se debió sorprender tanto por la maniobra de Aznar que no se atrevió ni a mencionarla en sus discursos. Ni para bien, ni para mal. Sencillamente no la mencionó. Y esa es, efectivamente, la cuestión. ¿Es razonable que un parlamento tenga que votar un acuerdo adoptado en otras instancias? ¿Por qué la oposición de un país tiene que ratificar lo acordado por el gobierno en un foro externo? Estos y otros interrogantes merecían, al menos, un apunte en el debate. Sobre todo, cuando Aznar se hartó de reprochar a su oponente que no se apuntaba «al consenso de toda Europa» y sólo actúa por electoralismo. Si no se hizo, fue por falta de reflejos, inexperiencia o desconocimiento. Cualquiera de los tres detalles hacen que la aspiración de Zapatero a ganar la alternancia no logre consolidarse. Tendría que tener una línea caliente con el exterior de la Cámara, quizá con el propio Felipe, para ayudarle en los debates. De lo contrario, aunque gane en primera instancia, al día siguiente quedará en evidencia. Y de manos de los suyos, que es lo peor.