El «no» de Francia

| IGNACIO RAMONET |

OPINIÓN

18 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

ALGUNOS editorialistas norteamericanos están furiosos con Francia. No entienden por qué este «viejo país» -como dice Rumsfeld- no se inclina ante los Estados Unidos, y no acepta enrolarse en la ofensiva militar contra Irak con la misma docilidad canina que España, Italia o el Reino Unido. Las paginas de muchos periódicos desbordan de comentarios muy agresivos contra la actitud de París. El veto francés en la OTAN, después de la constitución del eje París-Bruselas-Berlín de resistencia a Washington, ha desencadenado una verdadera histeria francofobia. Muchos no olvidan que, a costa de abundante sangre norteamericana, Francia fue liberada dos veces del invasor germánico: en 1917 y en 1944. En primera plana, algunos rotativos populares han querido recordárselo a los franceses publicando fotos gigantescas de los cementerios de Normandía, donde descansan miles de jóvenes estadounidenses que dieron su vida por la liberación del país de Lafayette. Algunos comentaristas cercanos al presidente Bush hablan de «traición» y han ido hasta reclamar que se expulse a Francia del Consejo de Seguridad de la ONU donde dispone «abusivamente», según ellos, del derecho de veto. Esta agresividad ha despertado en Francia, en represalia, lo que algunos llaman el «antiamericanismo», que no es si no la crítica de la arrogancia del Gobierno de los Estados Unidos y que no tiene nada de agresivo hacia los ciudadanos o la cultura norteamericanos. En realidad, en la propia Francia pocos esperaban tanta muestra de independencia frente al Gran Hermano yanqui. Al principio, muchos pensaron que se trataba de una simple gesticulación, una actitud simpática pero sin transcendencia, destinada a la opinión pública. Se creía que a la primera exigencia seria de Washington, el soberanismo se desvanecería. Se estimaba que la fecha límite para la resistencia francesa sería la de la presentación de las pruebas contra Irak por Colin Powell en la ONU. Pero no fue así. París declaró que nada había cambiado, que las pruebas no eran convincentes, y contraatacó proponiendo duplicar o triplicar el número de inspectores de la ONU en Irak. Luego vino el veto en la OTAN y la declaración de Putin, que alineaba a Rusia con las posiciones franco-alemanas. A partir de entonces, todos hemos empezado a creer que la resistencia de París va en serio. Y todas las informaciones de las que disponemos indican que se está creando una dinámica internacional que podría conducir a Francia, a Rusia y quizá a China a usar el derecho de veto en el Consejo de Seguridad e impedir que Washington disponga de una autorización explícita de usar la fuerza contra Bagdad. Eso no impediría la guerra. El presidente Bush la desea y la hará. Pero el contexto se vería completamente modificado. La mayoría de los gobiernos árabes, por ejemplo, hallarían en la ausencia de resolución de la ONU un pretexto para no aliarse oficialmente a la gran coalición agresora y satisfacer así a sus opiniones públicas. Pero el veto francés podría tener otras consecuencias de capital importancia. En primer lugar, pudiera poner fin al unilateralismo dominante que transforma a los Estados Unidos en la hiperpotencia hegemónica del mundo. Igualmente, ese veto permitiría la aparición, a escala planetaria, de un contrapeso no hostil, constituido por el cuadrilátero inedito París-Berlín-Moscú-Pekín. También pudiera ocurrir que, ante el descalabro diplomático que significaría el veto francés, Washington considere que la ONU ha dejado de estar bajo su control. Los Estados Unidos podrían entonces retirarse de Naciones Unidas (como lo hizo Alemania de la Sociedad de Naciones en 1939). Eso significaría el fin del sistema internacional creado después de la Segunda Guerra mundial. Y entraríamos entonces en territorio desconocido...