LO más hermoso de la búsqueda del Grial era que en verdad nadie sabía lo que buscaba, qué era, en qué consistía, para qué servía, y esto no cambió por más tesis que le endosaron a posteriori toda una plaga de eruditos de toda laya y condición. El Grial era la meta, pero la meta en sí misma era irrelevante. Lo que en verdad importaba, como bien versificó Kavafis, era que la vida fuese larga y llena de aventuras. Escribo todo esto pensando en las múltiples precariedades que nos rodean y que convierten nuestras vidas en pequeñas y sobrellevables sucesiones de desventuras. Lo escribo después de oír a una joven que afronta su octavo contrato temporal y a la que he consolado diciéndole que un día la cosa cambiará. Lo escribo después de escuchar a un jubilado que me habla del soplo que es la vida y al que aseguro que cada nuevo día vale la pena. A todos quisiera contarles la historia del Grial y los nobles caballeros que lo buscaron con ilusión, más allá de sus fuerzas. Pero ¿qué pensarían de mí? ¿Qué me he fugado de un psiquiátrico? La desesperanza anida en los jóvenes, los padres no tenemos elixir que lo remedie y los viejos le llaman compañía a su soledad. ¡Oh, Grial, vuelve!