En el nombre de Dios

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

09 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

MIENTRAS BUSH se dispone a perpetrar una nueva matanza en el nombre de Dios, de cuya voluntad y orden se siente representante en la tierra, la vieja Europa, que culminó su proceso de secularización política allá por el siglo XIV, se empeña en razonar sobre la guerra, hacer balance de sus causas y consecuencias, y llegar a la conclusión de que la paz es posible. Cada día que pasa es más evidente que el ataque a Irak sólo tiene sentido si se piensa en el botín de guerra y en una nueva reordenación del mundo hecha a la medida de Estados Unidos. Y por eso la humanidad entera, incluyendo al pueblo americano y a sus intelectuales más libres, se está convirtiendo en un grito de paz, que puede derrotar al ejército de Bush el día después de su pírrica entrada en Bagdad. Triste papel el de Trillo, que, obligado a optar entre la ley de Dios y la voluntad de Aznar, cambió el mandato del quinto mandamiento por una crítica oportunista al Papa y a su valiente defensa del pueblo iraquí. Triste papel el de Aznar, que, después de observar cómo los escoltas se abalanzaban sobre un ciudadano que pidió la paz en el mitin de Arganda, aun se atrevió a robarle el mensaje -¡queremos la paz!- para disimular su belicismo servil. Triste papel el de Powell y Rumsfeld, que, vergonzosamente sorprendidos mientras copiaban de un becario las pruebas de la guerra, se dedican a viajar por el mundo poniéndole obstáculos a la paz. Cuando todo parecía perdido, la magnífica diplomacia de Francia y Alemania, la impecable profesionalidad de Kofi Annan, el pudor histórico de Rusia y China, la inesperada reacción del Vaticano y el despertar de la ciudadanía y la opinión pública internacional han conseguido demostrar que la paz es posible, y que aún se puede sustituir la agresión colonial de Estados Unidos por una expedición de cascos azules puesta al servicio de la paz. Y, aunque es evidente que el ataque está decidido, todo apunta a que el belicismo de Bush y sus lacayos no va a salir de ésta sin pagar una enorme factura. Mientras un impresionante ejército sitia al tirano Sadam en sus palacios, con armas de destrucción tan masiva que pueden barrer a Irak del mapamundi, en Bogotá y en Andoain reaparecía ese terrorismo casero que, con una bomba o una pistola, pone en jaque nuestras estructuras políticas. Y tan grande resulta su alegato contra la desproporción de la guerra, que ni siquiera Aznar se atrevió a conectar la terrible y dolorosa muerte de Pagazaurtundua con los B-52 que van a abrir el camino hacia los pozos de petróleo. Y es que, bajo la amenaza de una guerra estúpida y brutal, algo está cambiando en el mundo desde la caída del muro de Berlín.