«¿POR QUÉ no vamos también a por Irak?». Donald H. Rumsfeld, secretario de Defensa norteamericano lanzó la pregunta al presidente Bush y a su grupo de colaboradores próximos, en una reunión celebrada sólo horas después del derrumbe de las Torres Gemelas. Todavía bajo el impacto emocional del ataque trataban de ver cómo deshacerse de Al Qaeda. Pero en aquel momento, Irak quedó convertido en objetivo primordial de la guerra contra el terrorismo. Lo que Rumsfeld planteaba era la posibilidad de aprovechar la ocasión que le brindaban para ir contra Sadam Huseín. Bob Woodward, uno de los periodistas que levantó el Watergate, narra en el libro Bush en guerra los días posteriores al 11-S cuando el presidente norteamericano y su equipo de halcones trazan la estrategia bélica que hoy padecemos. Por eso, como primer detalle a tener en cuenta, la intervención de ayer de Colin Powell ante la ONU, se produce meses después de ser diseñada la táctica a emplear. Pero además, Powell no ha sorprendido a nadie. Establecer vínculos de Irak con el terrorismo internacional, asegurar que Sadam miente, que cuenta con misiles de alcance superior al permitido y que oculta agentes químicos y bacteriológicos, es de un infantilismo apabullante, impropio de quien no está planteando la celebración de un festival folklórico, sino nada menos que un conflicto bélico para arrasar a todo un país. No es necesario ir a la ONU, ni al Parlamento español, para enterarnos de quien es Sadam, ni de lo que Irak representa. Lo sabemos todos. Lo que nadie nos ha explicado es por qué se plantea la guerra total como única alternativa para solucionar el problema. Quizás sea porque, como decía Thomas Mann, la guerra es la salida de cobardes a los problemas de la paz. Así de claro.