Insensatez

JUAN C. MARTÍNEZ

OPINIÓN

LAS MÁQUINAS fallan, incluso las que fabrica la NASA, esas que nos hacen soñar de nuevo que somos conquistadores -del espacio- y nos inclinan a creer que el futuro por fin ha llegado. Los saltos hacia el progreso cuestan vidas (la de Ícaro, la de Otto Lilienthal), pero siempre acabamos por olvidarlo. La muerte de los tripulantes del Columbia conmociona porque es casi inimaginable; rompe la convención social de esa buena muerte a la que aspiramos, cómoda y bien asistida. Estallar por encima de las nubes es hacer real al barón de Munchausen a caballo de una bala de cañón, hasta tal punto ha llegado la insensatez. Pero, como decía Bernard Shaw, el hombre sensato se adapta al mundo y el insensato trata de adaptar el mundo; luego el progreso se debe a los insensatos. Como estos siete astronautas desintegrados en el cielo de Texas. Ellos, igual que el androide Roy Batty, de Blade Runner , han visto horizontes que nosotros nunca veremos. Debemos darles gracias por su insensatez.