TODAS LAS GUERRAS son explicables, pero la guerra que viene, la guerra contra enemigos inexistentes, la inmediata agresión de todos los Goliats mancomunados contra un solitario y mínimo David, es la más inexplicable de todas las guerras que ha habido desde que la humanidad comenzó a celebrar el primer día de la creación. Conviene recordar que en el origen de los tiempos tuvo lugar una guerra que acabó con el cincuenta por ciento de la especie humana. Caín declaró hostilidades a su hermano Abel y con el arma más sofisticada que existía entonces, una mandíbula de asno o quijada de burro al decir de los libros de religión, inició la historia incivil del cainismo y de todos los conflictos que a partir de ese momento asolaron/desolaron al hombre. De Caín a Clausewitz poco camino se ha recorrido en la historia infamante de las guerras. Los teóricos bélicos distinguen entre lo ilegítimo, la agresión y lo legítimo, la defensa. Pero en el fondo únicamente subyace el botín y el saqueo unido al desprecio por el género humano. Sangre por petróleo, con el consenso del llamado mundo libre, donde habría que escribir mundo sometido al dictado de un imperio hegemónico, y el aval de las Naciones Unidas por un silencio gritado de absurdas complicidades. Guerras a la medida anunciadas, previstas, retransmitidas en directo por las televisiones, en una orgía de balas trazadoras, de misiles y de víctimas inocentes con el sarcástico eufemismo, asumido por los comunicadores de lo políticamente correcto, de daños colaterales. La opinión pública europea, incluyendo la española, se muestra contraria a la guerra en un ochenta por ciento de la población adulta. Es un clamor unánime en contra de la guerra y a favor de los viejos y denostados valores del pacifismo. La opinión pública está compuesta por los electores. Por eso no debe ser desoída. La opinión expresada por el pueblo es soberana y debe ser vinculante. Los oídos sordos de los dirigentes son un desprecio a la democracia y sus más elementales reglas del juego. Como es un desprecio a la razón y a la inteligencia, y una renuncia a la cordura, el seguidismo mediático de tertulianos y otros escribas avivando desde algunas emisoras de radio el clima prebélico como si entusiásticamente acataran consignas dictadas por un oscuro poder. Es el murmullo colectivo del pensamiento único, obviamente más único y unánime que pensamiento. Alguna mañana viajando en taxi y con el fondo soez de una tertulia que justifica la agresión inminente, echo de menos la banda sonora compuesta por himnos y marchas militares. El pacifismo, reivindicar la paz, defender la no agresión, buscar salidas desde el diálogo y la negociación, es hoy uno de los más nobles ideales de civilidad. Denunciar la guerra, hacer una frágil empalizada con palabras, levantar el baluarte de la libertad de expresión, para parar la guerra, convierte a los que defendemos estas tesis en sospechosos por discrepantes, en reos de disensión, en tontos útiles y quintacolumnistas. Lo que únicamente somos es víctimas de una guerra inexplicable que nos quieren explicar y vender como si de una campaña de mercadotecnia se tratara. Somos víctimas porque la muerte de un hombre, como señaló Camus y yo reitero con frecuencia, es la muerte de toda la humanidad que tiene en el pecho una diana. En el pecho colectivo de los hombres libres que queremos desterrar del vocabulario la palabra guerra.