Madrid, Barcelona: dos teatros

OPINIÓN

25 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

LOS TEATROS de ópera, no menos que los barrios históricos o periféricos, los mercados, los parques o las plazas, son un indicador elocuente, si bien parcial, del pulso de una gran ciudad. Entre los dos grandes de la escena musical española, el Real madrileño y el Liceu barcelonés, ha habido una trayectoria convergente/divergente. El primero se reabrió después de un largo período de cierre y gracias al empeño de las administraciones públicas. El otro se restauró tras un incendio devastador, también con amplio apoyo público, pero con una notable participación de la sociedad civil. En ambos casos, los arquitectos responsables fallecieron durante o poco después de las obras, pero mientras Ignasi Solá-Morales pudo controlar el acabado del Liceu, José Manuel González-Valcárcel no pudo terminar el Real y su proyecto fue modificado. Tras un vivo debate sobre su permanencia o su traslado, el Liceu recuperó el esplendor de la sala destruida por el fuego -con la sola innovación de los medallones pintados por Perejaume- y de las estancias que quedaron intactas; por lo demás, se actuó sin prejuicios y se modernizaron los espacios, los servicios, la estética, en una intervención que se integra discretamente en el entorno de la Rambla contribuyendo a la revitalización de Ciutat Vella. Además, se aprovechó la oportunidad para acabar con el tradicional sistema de detentación privada de las localidades y actualizar la gestión. La sala del Real, aunque de aforo inferior, es extraordinaria, con una profundidad escénica que da al espectador la sensación de estar dentro del escenario; pero los espacios, los servicios, la decoración, reproducen pautas trasnochadas que parecen corresponder más a un palacio de congresos de los Emiratos Árabes Unidos. Como en la nueva residencia del Príncipe de Asturias, cabría esperar de una burguesía cosmopolita y emprendedora, que impulsa decididamente la actividad cultural, una opción estética más innovadora. Madrid y Barcelona son lugares de referencia que polarizan nuestras preferencias. En términos políticos y económicos, no cabe duda de que la capital del reino, por el hecho de serlo, se lleva la palma. Barcelona, con la proximidad del mar, la calidad de la arquitectura y los espacios públicos, la buena peatonalidad, es, en mi opinión, superior en calidad de vida. Madrid ostenta con orgullo en amplios y significativos sectores una estética castiza y algo rancia; Barcelona adolece de un exceso de diseño. En el momento estelar de 1992, Barcelona se estableció como paradigma del buen hacer urbanístico en todo el mundo, y está próxima a inaugurar el Fórum 2004. Madrid, que fue el mismo año una capital cultural europea sin demasiado relieve, tiene una segunda oportunidad en 2012 si se alza con la sede olímpica. Para entonces debe realizar un proyecto urbano renovador, sin limitarse al plano deportivo ni a un simple alarde gestual. Parece que en esa línea se han pronunciado los candidatos municipales de los dos principales partidos. Así sea.