CON FRECUENCIA leemos estos días que Fraga ha sido dependiente del PP nacional al resolver la remodelación de su Gobierno, lo que algunos consideran humillante, en tanto otros presentan como ejemplar a Ruiz Gallardón porque supuestamente viene actuando con autonomía de su partido, que es la misma formación política que la del presidente de la Xunta. Probablemente ni uno ha estado tan atado ni el otro vive tan suelto, pero lo preocupante es que parece que algunos quieren cuestionar una de las esencias de los partidos nacionales. Nadie sensato discute el interés de estos partidos, que muchos teóricos aseguran que ayudan a vertebrar el país, y no debe ser elogio gratuito a juzgar por el favor de que gozan entre los electores. Incluso, en ocasiones, cuando el federalismo del PSOE hace que éste aparezca como una jaula de grillos, el presidente Chaves tiene que reclamar de sus correligionarios un proyecto común de España. Resulta evidente que, en cualquier circunstancia, los políticos que ejercen en representación de unas siglas deberían tener planteamientos acordes con la filosofía y los programas de esas formaciones, y éstas tienen que controlar que así se cumpla. No es menos coherente que en situaciones de cierta complejidad, las direcciones de los partidos inspiren y aconsejen los pasos de los dirigentes, aunque dejando a éstos el margen de actuación que su responsabilidad exija en cada caso. Máxime si ocupan puestos en instituciones públicas. Pero se presente como se quiera presentar, lo cierto es que consejos y directrices se dan en todos los partidos, sean nacionales, nacionalistas o de cualquier otro tipo. Como en cualquier otra organización jerarquizada. Otra cosa es que las cúpulas de los partidos se excedan y puedan intentar anular a quienes les representan y convertirles en meras marionetas. No creo que nadie pueda demostrar que esto último ha ocurrido en la crisis de la Xunta.