NO CONFUNDIR con los pobres escritores, porque aquí sí que el orden de los factores -la ubicación del adjetivo y el sustantivo- altera el producto. Con la desaparición de Gironella, modelo de autor del best seller hispánico, se reabrió para la gran mayoría de ciudadanos lectores el calvario de penalidades y desamparo público que sufren numerosos escritores españoles a los que un día visitó la fortuna y más tarde les cerró las puertas del éxito. La nómina es numerosa y la caridad una tentación demasiado fácil y demasiado humillante. Creadores y pensadores son patrimonio de un estado moderno capaz de dar respuesta eficaz a situaciones como la que denunciamos. La fama, la gloria, es caprichosa y el olvido, dictado casi siempre por las modas que también afectan a la creación escrita, borra con demasiada frecuencia los nombres de muchos de aquellos escritores que un día fueron autores de uno o más éxitos de ventas y excelentemente acogidos por la crítica. No es del todo cierto que escribir en España sea llorar, como aseguró Larra. Ya no existen afortunadamente las legiones de escritores campando por los cafés de las capitales de provincias, mendigando un vaso de leche caliente, un bollo y recado de escribir. La leyenda de los Max Estrella y Latino de Híspalis es más literaria que real. El ordenador casi desterró a la bohemia. Y hoy el catálogo de raros y olvidados no llenaría ni dos páginas del cuaderno de Prada. Pero lo más lacerante es que en el escalafón del quién es quién en la literatura española hay sobrados ejemplos de escritores de prestigio reconocido que se las ven y se las desean para llegar a fin de mes. Son personas que han vivido de sus derechos de autor y de algunas colaboraciones en prensa, y que al hacerse mayores y alejarse de las listas de superventas malviven con el sustento menor de las liquidaciones anuales de sus antiguos libros. Los escritores españoles cobran, en el mejor de los casos, un mísero diez por ciento sobre el precio de portada de un libro. La media del porcentaje de un librero es del 35 por ciento. En fin, que escribir en España es envejecer en la pobreza, y un fiel reflejo del país que tenemos que sigue ejercitando una política asistencial de socorros mutuos muy cercana, parecida, a los montepíos franquistas y a la caridad pública. Ahora, al encenderse las luces de alarma, parece ser que en la próxima legislatura, si la inteligencia patria se porta bien, arreglaremos el tema . Se divisan elecciones en el horizonte y los partidos se están quedando sin abajo firmantes, al fin y al cabo el hambre de quienes un día brillaron como estrellas en el firmamento literario es un tema menor. En ocasiones como ésta, recupero la sentencia de Marguerite Duras, quien señala que escribir es callarse. En ocasiones como ésta la frase recupera su significado primero, como la recuperan las voces dignidad o vergüenza. Instalarse en la pobreza después de toda una vida trabajando con las palabras, dando forma a la belleza en todas sus acepciones, llevando la magia de leer a los territorios privados donde cabe el paraíso de la imaginación, es una inmerecida injusticia, un delito de lesa patria que tendrá por fuerza que ser corregido. La alerta se produjo con el fallecimiento de Gironella, que un año antes de su primer derrame cerebral andaba mendigando premios literarios de segundo nivel, con el orgullo legítimo de quien tiene una página en la enciclopedia literaria del siglo XX y un récord histórico de varios millones de libros vendidos. Yo sé de las penurias económicas de muchos gironellas a los que la historia y la ingratitud los ha convertido en escritores pobres. Nada hay peor que el olvido.