LA CRISIS venezolana se internacionaliza. Quizá es lo peor que le podía ocurrir, pero de algún modo empezaba a ser irremediable. La intervención de Brasil en apoyo de Hugo Chávez no había sido bien vista por Estados Unidos, que temía y teme por su provisión de crudo (el 15% de sus importaciones: un millón y medio de barriles diarios), sobre todo en unos momentos que pueden ser previos a una guerra contra Irak. El objetivo de los componentes del llamado «grupo de amigos de Venezuela», que podrían encabezar Estados Unidos y Brasil, es el mismo: facilitar una salida al conflicto que divide al país. Pero en realidad no se trata de la misma salida. Lula da Silva, el flamante nuevo presidente brasileño, con todo su prestigio moral aún intacto, quiere un acuerdo electoral que respete los resultados que llevaron a Hugo Chávez y su revolución bolivariana al poder. En cambio, Estados Unidos, con un Bush impaciente por no tener otro problema que Irak, quiere acelerar una salida electoral que ponga fin a la gangrena que amenaza con pudrir todo el cuerpo social venezolano. Que es el cuerpo social del quinto productor de petróleo del mundo. Algo con lo que no puede jugar en estas horas de ardores bélicos y horizontes imperiales. España, México o Chile son países que pueden jugar un papel importante en la solución del conflicto. Nuestro país no estuvo muy fino al apresurarse a reconocer a Carmona como sustituto del depuesto Chávez: la vuelta de éste al Palacio de Miraflores nos dejó descolocados, pero no más que otros países que también creyeron irreversible aquel golpe. La realidad es que, después de seis semanas de rudo encono civil, nada sería peor que internacionalizar el conflicto para empeorarlo o agrandarlo. Venezuela necesita atajar la gangrena. Y por una vez tiene algo a favor: a nadie le convienen sus males, que sólo podrían contribuir a encarecer y distorsionar el mercado del crudo.