NO ES LA PRIMERA vez que dedicamos tiempo a pensar, discutir o escribir sobre los espacios de la libertad y espontaneidad. Para ser ciudadanos libres faltan leyes y dispositivos que garanticen el ejercicio de los derechos fundamentales, esos que son una conquista inalcanzable en el País Vasco. Pero la libertad también requiere del acceso de los derechos sociales. Cultura, trabajo, pensión digna, información, vivienda, etc., ponen nuestra ciudadanía bajo mínimos o en régimen de tutela. El espacio de la libertad se mide en el estado en que se encuentra la sociedad civil; ésa que no está afiliada y que funciona con espontaneidad. Unas elecciones son siempre un momento de tentación para ocupar la sociedad civil, a fin de convertirla en sociedad votante con nuestras ofertas mercantiles para con sus demandas de derecho. Algunos bajan de sus tribunas, se quitan las corbatas, cambian el traje por el buzo y se hacen humanos y sonrientes. Es el momento del filibusterismo político que necesita conquistar la ciudadela y lograr el botín de los votos y los escaños. Aún recuerdo la cara que se nos quedó cuando visitamos los países del Este de Europa y descubrimos que los más ecologistas en sus ayudas a nuestros jóvenes verdes eran los más despiadados con centrales térmicas y nucleares en pleno corazón de Rumanía, Polonia y Hungría. El mejor instrumento para capturar ciudadanos libres es que acontezca algo grave, escandaloso, que emocione, y a partir de ahí «leña al mono». Los sentimientos se orientan, las peticiones se tamizan, los gestos se vuelven cada vez más heroicos. Se crea un ambiente de complicidad entre «pueblo y líder de la sociedad civil»; lo malo es que estos últimos tienen: dueño, interés y siglas. Me gustaría poder decir que hay procedimientos para ser libres del engaño, para no volver a ser víctimas de la oportunidad, para no ser nunca infectado por el oportunismo de quien está al acecho para cuanto peor, mejor.