EN ESTA sección vengo comentando los problemas urbanos, el patrimonio histórico, la arquitectura, o hablando de experiencias concretas. De un modo más general, y sin dejar estos temas, quisiera abordar de forma seriada la relación específica entre la ciudad y sus habitantes en la política urbana. Pienso que la ciudad de nuestros días debe disponer de una filosofía que impulse unas pautas culturales y educativas, para que no quede reducida sólo a una mercancía, de forma que todos los proyectos, programas y planes que inciden en su transformación puedan ser comprendidos dentro de un discurso general. Para que exista la ciudad, más allá de la simple aglomeración humana, es necesario que haya una trama argumental, y éstos son algunos de sus aspectos. Crecer orientándose, algo a lo que ya he aludido en otras ocasiones, supone que cada municipio debe tener como una brújula que señale las zonas de protección y las de construcción, respetando sus trazas históricas de implantación y armonizando forma y función. Al tiempo, hay que promover la cooperación con el entorno metropolitano para consensuar una orientación común. Practicar la sostenibilidad es enfrentarse a las contradicciones ambientales, sobre todo de energía y suelo, que genera el desarrollo, fomentando desde la educación una sensibilidad y una opinión pública favorable. Actualizar la memoria significa tomar decisiones sobre lo que debe ser conservado y de qué manera, pero también cómo hacer la memoria del futuro. Para ello hay que promover la belleza, porque ayuda a construir un sentimiento de ciudadanía satisfecha. Impulsar una ciudad abierta equivale a considerarla como el lugar idóneo para el encuentro, abriendo las puertas para el intercambio y la convivencia con la diversidad, mediante nuestra disposición a acoger y compartir junto al esfuerzo de adaptación de los que llegan. Ejercer la solidaridad consiste en superar la dicotomía espacial entre sectores ricos y pobres, con iniciativas capaces de regenerar las áreas degradadas para hacer frente a las desigualdades asociadas a renta, edad u origen. Es necesario, pues, que cada ciudad practique un doble ejercicio. Por un lado, el desarrollo, el crecimiento, la economía, la construcción, el negocio,... deben tener un hilo conductor que encaje y haga comprender el conjunto de vectores que confluyen en el fenómeno urbano, para de esta forma hacer simultáneamente ciudad y ciudadanía. Por otro, para no quedarnos en un plano teórico, hay que conjugar activamente la solidaridad, la creatividad, la sostenibilidad, la cooperación... Es decir, que los parámetros físicos tengan un discurso global, y que los principios tengan una aplicación práctica.