TODOS escrutan con cautela los primeros movimientos del nuevo presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, el hombre que en su toma de posesión, el pasado miércoles, prometió cambiar un país de 170 millones de habitantes y erradicar el hambre de los desfavorecidos. Todos observan sus pasos, le dirigen las mejores palabras de ánimo, pero permanecen expectantes ante lo que hace, tratando de adivinar sus verdaderas intenciones a la hora de llevar a cabo una política que, según dijo, requiere «coraje, osadía y humildad». Coraje, osadía y humildad, ¿para qué? Brasil es un gran país: es algo que se viene diciendo desde hace medio siglo, cuando se le auguraba un futuro de tercera potencia mundial. Hoy este gran país tiene unos ricos muy ricos y muchos pobres muy pobres, en unas condiciones que rondan la esclavitud, cuando no la superan. Lula da Silva, forjado en el sindicalismo, ha mostrado energía en su propósito de cambio y la mayoría de sus conciudadanos ha depositado su esperanza en él. Los resabiados y escépticos saben muy bien las grandes dificultades a que se enfrenta. Pero también saben que no hay ninguna victoria en empujarlo a un populismo frustrante y estéril. La Historia así lo acredita.