LO MÁS GRAVE que ha ocurrido en este país en los últimos tiempos es que Caldera ha manipulado un documento en el Congreso. Ese es el único problema. Todo lo demás son nimiedades. Caldera intentó descalificar al Gobierno y una semana después aún están reprochándoselo. La acción del portavoz socialista en el Congreso es de tal gravedad que ha centrado la reunión de los popes del PP en Compostela. Lo anecdótico es que nuestras playas estén quedando asfaltadas por el fuel que arroja el Prestige . Anecdótico es que marineros y voluntarios carezcan de medios para luchar contra la marea negra. Insignificante resulta que la riqueza marisquera y pesquera hayan desaparecido. Y menos importante aún que nuestro entorno marino quedara arrasado. Ni que la fractura social vaya en aumento. Aquí lo que debatimos, y por tanto debe ser lo más preocupante, es la acción de Caldera. Incluso, en un ejercicio de actitud democrática, se le deja con la palabra en la boca y se pide su dimisión. Por mentir. Aunque lo hicieran los mismos que nos han estado arrojando mentiras a la cara durante semanas. Y lo exigieran sin siquiera sonrojarse. El hecho de que Caldera merezca una reprobación en toda regla, por zafio, grotesco y nauseabundo, no les autoriza a protagonizar situaciones que bien pudieran ser cómicas, de no ser por el drama que nos asola. Situémonos en lo sustancial. En que mes y medio después de que un Gobierno decidiese llevar de jira a un petrolero herido de muerte, siguen tratando de hacer juegos de prestidigitación con los que embaucarnos. En que mes y medio después siguen aferrados a la descalificación. Ni una palabra de qué hacer con Galicia en el futuro. Y lo peor, con un talante que causa preocupación y temor. Y eso sí que es grave. E irresponsable. Y, por tanto, insoportable.