Marea negra, España blanca

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

21 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

GUANTES, buzo blanco, mascarilla y botas altas: los voluntarios, desplegados como un inmenso ejército de hombres del espacio, son y han sido lo mejor de esta crisis del carajo. Pese al desorden en que han debido realizar su labor generosísima; pese a la desmoralización y el desconsuelo que produce ver deshecho por la tarde lo que se ha hecho por la mañana con un trabajo duro y fatigoso; y pese, en fin, a la desproporción descomunal entre su inmenso desafío y unos medios materiales escasísimos, los voluntarios han demostrado que el empeño humano cuando es desinteresado, es invencible. Y, sin pretenderlo (¡qué mejor prueba!) han demostrado también que, por encima de himnos, identidades, patriotismos y banderas, España existe sobre todo porque existen españoles. Sí, porque existen cientos de miles de personas que sienten como propio lo que ocurre en las costas de Galicia, que lo sienten como si ocurriera en las del País Vasco, Andalucía, Canarias, Valencia o Cataluña, como si ocurriera en los campos de Extremadura, Castilla o Aragón. Es esa -la que los voluntarios llevan mostrando desde hace un mes a todo el mundo- la España del futuro, la mejor, la única, de hecho, que merece ser reinvindicada: «la España camisa blanca de mi esperanza» de la hermosísima canción de Ana Belén, «donde sentarnos a conversar». Probablemente la envergadura gidantesca (dantesca y gigantesca) de la catástrofe que hoy sufrimos convierta muy pronto en completamente insuficiente el ingente esfuerzo de nuestros voluntarios y de nuestros mariñeiros. Pero, en cualquier caso, varias generaciones de gallegos no podremos olvidar ya en toda nuestra vida esta experiencia inigualable de ver a gentes venidas de todas las esquinas del país unidas en un esfuerzo civil que ha hecho más por la unidad de España (es decir, por la de los españoles) que docenas de inflamados discursos patrióticos. Ha sido, por eso, una desgracia que el presidente del Gobierno, tan preocupado por España, haya renunciado, por no querer mancharse los pies de chapatote, por no querer ver la negra sombra que cubre nuestras rocas y nuestros arenales, a asomarse al país que los muros del Palacio de la Moncloa le impiden ver con claridad: esa otra España, quizá poco devota de Frascuelo y de María, pero solidaria en una causa que es de las mejores que cabe imaginar: la de conservar para nuestros hijos la hermosísima geografía que nos han legado nuestros padres. Esa otra España, blanca, como los buzos blancos de quienes están ayudando a hacer del negro blanco en las playas de Galicia, que los obsesionados con la España en rojo y gualda se han negado ahora a contemplar.