QUIZÁ debe recordársele a los que ven mal los actuales niveles de confrontación política que lo contrario no sería necesariamente mejor. El debate y las mutuas exigencias o acusaciones entre fuerzas políticas son una expresión cabal y legítima del ejercicio democrático. Es cierto que sobran algunas descalificaciones o acritudes excesivas, pero no serán ellas las que vayan a impedir o condicionar la lucha contra la invasión del chapapote que azota nuestras costas. Cada batalla tiene su territorio propio, como debe ser. Y su finalidad. Ni el Gobierno puede pedir que su labor quede libre de crítica (por mucha que sea su buena voluntad), ni la oposición ha de renunciar a la denuncia de lo que considere desacertado o fuera de lugar. Sin embargo, cuando una sociedad civil se ha manifestado con tanta claridad como lo ha hecho en Galicia estos días, los políticos deberían de pensárselo dos veces antes de fustigarse entre sí. Los afectados pueden acabar por creer que les preocupan más sus intereses o sus pendencias que la lucha contra el fuel. Se trata, en suma, de hacer política de modo tal que esta palabra se engrandezca con los males que remedia y los aciertos que cosecha. Y en este propósito no sobra nadie.