De vientos y mareas

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

06 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

QUIENES HEMOS nacido en la beiramar tenemos el catálogo de los vientos registrado en el ADN de la memoria y nuestros destinos vitales se rigen por el calendario lunar de las mareas. Nuestro particular cuaderno de bitácora es desde niños la tabla de las mareas, pudiendo precisar la hora exacta de las pleamares y el cálculo equinoccial de la bajamar. Cuando perdemos de forma colectiva la aguja de marear quedamos a merced de los vientos, a la deriva, perdidos como el bajel donde navegaba Ashaverus, que en noches de invernía buscaba refugio, el judío errante, con una nave foliada en Holanda en cualquiera de las acogedoras rías gallegas, y a su capricho las iba llenando de noche y de sombras. Hasta el final de los siglos, según el almanaque de los papas de Roma, la maldición del navegante perdido caerá periódicamente sobre Galicia y ha de traer naufragios y tragedias como la que estos días asola nuestras costas. Los vientos son el séquito que conduce al barco. El viento se hace temporal, vendaval o galerna, encabrita y encrespa la geografía de las olas, las enfurece, y no da tregua a la calma hasta que se deshace en brisa. Son el carro que trae los inviernos, la ira que se desanuda y desata para encontrarse en la cabalgada marina. Antaño era el viento de la muerte, el mismo que arrojaba a las playas los cadáveres de los náufragos que el mar devolvía a su origen por las madrugadas, el viento que balanceó a Judas en la horca, viento traidor silbador de melodías fúnebres. Y ese viento recorre la costa gallega, lo acompaña el coro de la lluvia haciéndole el contracanto, es un viento de ponzoña, viento negro de fuel espeso que tiñe rocas y arenales y lleva la desesperanza a los corazones de los hombres. Ha de venir un viento nuevo para desalojar todas las orillas barridas por una brisa joven, novicia, certera. El aire que purifique la negra costra que dejó el navegante y que habrá que impedir que se enraíce en los arenales. La brisa solidaria de la muchachada reconstruyendo en las playas el rostro amable de fina arena. Algo está naciendo en una nueva Galicia radicalmente libre y crítica que estrena un nunca máis que recorre la patria toda a lomos de ese viento nuevo y que ya se escucha, que comienza a sonar como un himno. Dejadnos restablecer la armonía y sosiego, que el primer día de la creación en una tierra recién inaugurada sea nuestro único legado, dejadnos el paisaje y el horizonte, que la melancolía permanezca intacta envuelta en la bruma. Dejadnos quedarnos aquí, y permanecer fieles a los registros que habitan nuestras miradas, reclamamos el derecho a un mar y una tierra limpia, a una vida limpia para construir un país nuevo. De vientos y de mareas se fue construyendo nuestro oficio de hombres, acunados por el viento y mecidos por la mar en sus arrullos, crecimos y crecemos como crece la luna que gobierna las mareas y la república de las aves que no entienden que en sus rutas se cruce la marea negra de la muerte. Este pueblo va aprendiendo a hacerse adulto y por todos los valles, por las montañas de esta tierra, de este viejo país, se escucha el eco repetido de miles de voces que ya han dejado que el viento divulgue el grito, el nunca más que no habremos de olvidar.