TODO PARECE haber cambiado de repente. La Xunta, que estaba paralizada y sin saber qué hacer, se reúne en fiesta de guardar para trabajar febrilmente delante de las cámaras de su televisión. La sociedad, que no se inmuta por nada, sale a las calles de Santiago, y, desafiando el frío y la lluvia, se enfrenta al poder que la subvenciona. Los encuestados, que siempre aprueban a Fraga sin leerle el examen, le dan ahora un 3,1 -¡ni tanto ni tan poco!-, mientras premian a Touriño con 4,2 y a Beiras con 4,1. La misma gente que agradece la construcción de la última autopista y el último tren de Europa, se queja ahora por tres días de retraso en la limpieza del Finisterre. Y la misma sociedad que tiene sus ríos, sus cunetas y sus montes llenos de colchones podridos, botellas de plástico y neveras oxidadas, coge ahora el cubo y la pala y se va a la Costa da Morte a recoger chapapote. ¿Nos habremos vuelto modernos? A primera vista da la sensación de que sí, de que esta vez nos han pisado los callos y nunca más vamos a permitir que nos tomen el pelo. Pero la experiencia dice que esto se parece mucho a Italia, y que, en expresión de Andreotti, tanto puede pasar todo como lo contrario de todo. Porque en el fondo hay poca gente que crea que las desgracias pueden evitarse, y nadie piensa que la gestión de Beiras o Touriño nos hubiese dado mejores rentas que las cacerías de Cascos y Fraga o los pases de modelos de Fernández de Mesa. Nuestra visión del poder es externa, distante y fatalista, y, si nunca le pedimos cuentas a los políticos por ser los últimos de la baraja y mantener a Lugo y Ourense en la triste cabeza del ránking de los pobres, tampoco me parece que se las vayamos a pedir por un incidente grave pero pasajero, que va a desaparecer de la agenda política tan pronto como los periódicos empiecen a cansarse. Por suerte o por desgracia las exigencias y los cabreos de la democracia se ponen a cero cada vez que hay elecciones. Y, si bien es cierto que una mayoría absoluta no exime al poder de sus responsabilidades ni convalida sus errores futuros, quizá no pueda decirse lo mismo de 21 años seguidos de victorias electorales incontestables y de cuatro mayorías absolutas obtenidas brillantemente y contra todo pronóstico. ¿Qué estaría pensando Manuel Fraga mientras miles de gallegos desbordaban las previsiones del colectivo Nunca Máis, colapsaban Santiago y montaban la mayor protesta de la historia de Galicia? Pues estaba pensando que la mayor parte de los manifestantes ya le han votado varias veces, y que le volverán a votar mientras se siga presentando. Y, al menos por ahora, nadie tiene un solo argumento para afirmar lo contrario.