LA IGLESIA es una institución que reacciona con la lentitud de un elefante. Pero una vez que ha reaccionado, es de temer. Pío XI, por ejemplo, que fue Papa en los años horribles que median entre 1922 y 1939, tardó en aceptar lo inevitable: que los fascismos eran enemigos de todo tipo de humanismo y también, claro, del católico. Por eso, después de haber intentado coexistir con Adolf Hitler y Benito Mussolini, no tuvo otro remedio que denunciar en sendas encíclicas al fascismo ( Non abbiamo bisogno, de 1931) y al nacismo ( Mit brennender Sorge , de 1937). Pío XI ha sido recordado en estos días, a cuenta de la última Instrucción de los obispos sobre ETA. Y lo ha sido, con razón: primero, porque el nuevo documento apela a su encíclica antinazi de 1937; y segundo, porque, como Pío XI en su momento, también la Conferencia Episcopal ha tardado en decir con voz bien alta lo que debería haber proclamado ya hace mucho: que el terrorismo no es sólo «una estructura de pecado intrínsecamente perversa», sino además que ese pecado injustificable hunde sus raíces en una concepción política sin la cual no es explicable: la del nacionalismo totalitario y excluyente. Desde esta perspectiva el nuevo documento eclesial supone un salto cualitativo en relación con la posición tradicional de la jerarquía eclesiástica sobre el horror que ETA viene provocando en España desde hace más de treinta años. Un salto cualitativo pues la Iglesia no se limita a hacer lo que hasta ahora (condenar a ETA con dureza) sino que se adelanta a dar un paso más, que es, en realidad, un paso de gigante. La Iglesia reconoce abiertamente que tiene directa conexión lo que todos sabemos ya sin duda alguna que tiene directa conexión: el terrorismo con el nacionalismo totalitario, la voluntad de imponer la independencia por la fuerza y algo que los obispos denominan erróneamente la ideología marxista revolucionaria y que hubiera sido más correcto llamar el leninismo. Pues eso es ETA y todo el mundo que ETA controla a punta de pistola: una mezcla de leninismo y nacionalismo independentista totalitario. Acusar a la Iglesia de estar con el aznarismo, el patriotismo constitucional o el nacionalismo español por decir que es inmoral poner en peligro la convivencia de los españoles, que hoy garantiza la Constitución como marco ineludible, y que «pretender unilateralmente alterar ese ordenamiento en función de una determinada voluntad de poder es inadmisible», resulta de un cinismo rayano en lo increíble. Pues si de algo se puede acusar a los obispos es de haber tardado tanto tiempo en asumir lo que en España ya sabe todo el mundo.