30 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

EL ARTÍCULO dedicado a Gaudí tendrá que esperar un par de semanas. La sombría y pegajosa realidad se adhiere al teclado y, por una vez, esta página debería escribirse en contratipo, blanco sobre negro para hacer juego con la situación. Hoy los gallegos sentimos el dolor como si nos hubieran dañado en lo más profundo de nuestros sentimientos. Estamos afectados uno a uno, como si la agresión fuera contra nuestras propias pertenencias. Aquello que Claudio Magris llama el intolerable escándalo del dolor ha saltado como un chispazo y, no se sabe el porqué, desde el lado bueno de la condición humana emerge la solidaridad efectiva con nuestra tierra, con nuestro mar. El mar, cubierto de un manto espeso que lo asfixia, arroja su miseria contra la tierra como una negra sombra, transformándose en imprevisto adversario cuando de siempre ha sido su amigo. Territorio y mar, el excepcional binomio de nuestra identidad, se ha extrapolado a todo el mundo y Galicia se convierte en espacio de todos. Anteayer, en Alcalá de Henares, un grupo de jóvenes -uno de ellos con leucemia- me anunciaron que este fin de semana vendrían a Galicia a ayudar a combatir la marea negra. El dolor rampante que nos inunda ha traspasado fronteras y se transmite a toda España, a Europa y al mundo, haciéndose un poco más llevadero. Lo del Prestige no es un desastre natural. Es un desastre humano que erosiona las bases de nuestra economía y de nuestra diversidad ambiental, que destruye a lo largo de decenas de kilómetros el sutil equilibrio del litoral. Emociona el ver a nuestros marineros esforzando su imaginación e inventando instrumentos para salir a luchar contra el peligro que, como Moby Dick, se aproxima, porque con esta actitud no son sólo sus intereses lo que defienden, sino también nuestro patrimonio común y el futuro de generaciones de gallegos. Estamos heridos, pero el dolor tiene su lado positivo porque, de otro modo, el problema podría pasar inadvertido y antes o después nos veríamos abocados a que volviera a repetirse. Y en esa tesitura, se hace evidente que deben dotarse todos los medios que sean precisos, cuesten lo que cuesten, porque así como es impensable que las ciudades no cuenten con un servicio de bomberos por el hecho de que los incendios sean excepcionales, un país con una costa tan vasta y tan rica ha de tener los recursos adecuados para su protección. Ojalá que nunca tengamos que utilizarlos. Mientras en la costa se está luchando contra el enemigo común del mar y la tierra, Galicia entera clama con una sola voz para que no vuelva a producirse un atentado semejante contra nuestro territorio.