Las prostitutas, les llaman

RAMÓN CHAO

OPINIÓN

22 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

CIENTOS DE mujeres se reunieron días atrás ante el Senado francés, en una manifestación insólita que chocó a los bien pensantes. Y es que cada cual se gana la vida como puede, con lo mejor que los dioses le dieron según las épocas. Unos con las manos (yo empecé de pianista), otros con los pies (después fui campeón de fútbol colegial en Madrid ) y al fin con la cabeza, desde que me dio por escribir. Y hay gente, hombres y mujeres, que se defienden con el cuerpo entero, sin que eso debiera ser más noble o denigrante que lo anterior. Nuestro ejemplo es Carolina Otero, que de las cuadras pontevedresas se izó a casinos y palacios del mundo entero con la desnudez de sus encantos naturales. Ahora en París, carentes de imaginación, no saben qué hacer con ellas, lo mismo que están perdidos con tanto inmigrante como llega. Y es que el problema que plantean ambos grupos es semejante y produce la misma hipocresía. La sociedad francesa, la industria, necesita brazos extranjeros para seguir prosperando; mano de obra barata y maleable, mientras que sus hombres precisan de mujeres que se encarguen de su higiene mental. Inmigrados y trabajadoras de cuerpo proceden estos últimos tiempos del Este de Europa, y a los dos sectores se les aplica la ley de la represión a ellos, y no a los traficantes de hombres y de mujeres, que dicen proxenetas (del griego proxene , el que ayuda). Tengo mucha ternura por estas mujeres desde que allá en mi adolescencia conocí a Pili. Iba con un amigo en el pullman a A Coruña y éste, mi amigo, ligó con una joven. Me recomendó que me encargara de la otra, linda, rubia y un poco mayor que yo. Fuimos de noche a Riazor, a una guarida entre rocas. Había un bote de Coca-cola en la entrada, que se ponía y quitaba si estaba o no ocupado el cobijo. Y allí, entre olas y arena, me enseñó Pili a practicar el amor compartido. Me dio cita en Lugo y la volví a ver en la Rinconada. Al cabo de varios encuentros me di cuenta -yo, tonto de mí-, que Pili alquilaba el cuerpo. Nunca me quiso cobrar, a lo máximo, que pagara la habitación. Así nos encontramos varios veranos, cuando volvía de Madrid a pasar las vacaciones en Galicia. Un día que fui a verla desde Vilalba, coincidió con una visita de Franco, no a Pili, sino a la catedral. Cerraron los bares de pase y decidió que nos solazáramos en A Tolda, a donde nos rendimos en Vespa, con tan mala suerte que chocamos con un perro y nos fuimos a la cuneta. El médico que nos recogió me dijo que desapareciera, que seguramente Pili tenía la columna vertebral partida en dos. No fue así, y la vi una semana después en una clínica, animosa y dulce como antes. Después la perdí para siempre. Yo me vine a París y ella se quedó ejerciendo un oficio que, pensamos, casi proyectamos, mejor hubiera desempeñado en París, de aquella, cuando todo el mundo emigraba. No se llegó a hacer. Al cabo de unos meses me escribió desde la cárcel de Oviedo. Allí estaba por no sé cuantos años por haber abortado. Eché cuentas y deduje que no podía haber sido por obra mía. Aliviado, no se me ocurrió más que cometer la imprudencia de mandarle un billete -el monto de un mes de beca- en un sobre. Imagínense ustedes, en los momentos más duros del nacional-catolicismo, una puta (así les decían también) a la que le llegan cinco mil pesetas de aquella época, y del extranjero. Seguro que ni alcanzaron sus manos. Y hasta hoy. De modo que una reunión de quinientas Pilis ante el Senado me llena de ternura y me da mucho que reflexionar sobre los destinos de la vida, de lo que puede cambiar una existencia por un acto natural e inevitable que se realiza cuando aún no se tiene la conciencia completamente formada, que por otra parte nunca se forma del todo.