UNA VEZ resuelto y decidido el Consejo de Seguridad de la ONU, se podría decir que Sadam Huseín cuenta las horas con los dedos hechos huéspedes o con el índice de la derecha bien tieso a la altura de sus cejas de vigía o de sus ojos puestos en la cifra de un destino que vaya usted a saber. Puede medir el tiempo que le queda o el que le sobra. El tiempo es un fenómeno de rostro innumerable y casi siempre dúplice. Nadie sabe que ni quienes lo cabalgan; las horas pueden ser de una efervescente angustia a poca imaginación que le haya sido dada a quien espera su paso. Porque si es un fantasioso, la espera es como la de quien se cuenta un cuento. En la fantasía uno se salva siempre por la intervención de un ángel apiadado o un demonio dispuesto a hacer negocios o mediante aquellos polvos mágicos que le echaba la bruja Dositea al avieso Duguesclín. La imaginación es otra cosa. Con fantasía no hay drama, ni tragedia sin imaginación. El príncipe Segismundo de Calderón de la Barca es pura imaginación, como lo es Otelo y San Juan en Patmos. Es la imaginación la que pone a Macbeth a la espera de que el bosque de Brinam avance sobre el castillo de Dusinane para acabar con el reino del usurpador, y la que colocó al borde de la histeria a Churchill frente a la suerte de la expedición francobritánica a los Dardanelos y a la escabechina de Gallipolli. Todas las horas hieren y la última mata, decía Shakespeare, y cada cual intenta afrontar esa economía poniendo cara de circunstancias. Lord Melbourne, que fue primer ministro en los comienzos del reinado de la reina Victoria, manifestó un día su incomprensión hacia la moda, introducida entonces, de llevar un reloj encima. «No veo la razón de tan incómoda máquina. Cuando quiero saber la hora se la pregunto a un criado, y él me dice la que le da la gana». El tiempo es un cuentagotas que ni siquiera respeta las normas a las que suponemos que debiera atenerse. Los expertos dicen que los adolescentes gozan o padecen de días contados por veinticinco horas o más, controladas por un sueño que viene a ser «la fábrica de nuestro día». Somos relojes biológicos -o algo así- que espiamos el paso del tiempo, no demasiado conscientes de que el tiempo no es lo que pasa: pasamos nosotros. La misma Naturaleza es un reloj sujeto, probablemente, a alguna enigmática entropía. Los expertos en ranas -que los hay-, aseguran que todas las ranas se callan a las doce de la noche. Quienes saben de la vida del bambú, aseguran que todos mueren o se extinguen según se cumplen para ellos unos misteriosos ciclos de cien años. Hasta los reinos de las nieves perpetuas comienzan a sentir lo que se sienta en semejantes parajes ante la merma de su cuenta probable en milenios. Las nieves del Kilimanjaro llevan años retirándose, y llegará el día en que el monte -en cuya cumbre nevada apareció el esqueleto de un misterioso leopardo- no sea más que el pico desnudo de un conglomerado mineral. Huseín anda contando las horas, y es probable que el tiempo sea su peor compañía, el cómplice más egoísta.