FUE TIERRA de promisión para nuestros padres y abuelos. Con una superficie cinco veces mayor que la española y una población inferior, podía acoger con esperanza las ilusiones de cualquier inmigrante. Pero en Argentina había jefes, cúpulas de poder caciquiles, manipuladores de balcón, criminales uniformados, traficantes de cuello blanco... todos con mucho poder. Y desde Perón descubrieron los beneficios del intervencionismo como forma sistemática del robo legal y de colocación remunerada del aparato político-sindical del partido en la administración pública. Una extorsión perfecta; se hacían elegir en elecciones democráticas por aquellos mismos que iban a saquear y disfrutaban además de la legitimidad democrática de las urnas. Las interrupciones militares del chollo democrático no fueron más que variantes criminales y genocidas de una rotación de élites desalmadas. Argentina ha vivido instalada en una gran mentira. Muchos de sus intelectuales han legitimado el sistema atribuyendo sus males a una supuesta manipulación yanki, la consabida conjura exterior. El mal era interior, pero el antiamericanismo resultaba útil para formar un frente de países derrochadores que chantajeaban a los organismos de crédito internacional para tapar sus agujeros. De lo contrario se pasarían al bando antiimperialista, el de Fidel y la URSS. Pero desde principio de los noventa ya no hay excusa ni alternativa. Hay que arreglar las cosas en casa, con los propios medios. Sin embargo, Ménem desnaturalizó las políticas correctas privatizando para los amigos y otorgándoles monopolios. Hizo negocios de armas ilegales por los que está procesado y encubrió atentados a cambio de jugosos pagos en cuentas suizas. Siguió colocando a todo el aparato peronista como funcionariado de la administración pública, que en algunas provincias se acerca a la tercera parte de la población activa. De la Rúa no fue capaz de atajar el mal. Ni Murphy, ni Cavallo, ni Duhalde. No es un problema de dolarización, de cambios fijos o flotantes, ni de saber económico. Sobran expertos. Es cuestión de sentido común, de recortar el poder y los ingresos de los parásitos. Lo dijo bien claro el presidente uruguayo, Jorge Batlle, al declarar que todos los políticos argentinos son «una banda de ladrones, del primero al último». La parte del pueblo que paga y no chupa está destrozada. En las últimas elecciones el voto en blanco o nulo llegó al 30%. Se le llamó voto bronca . Pero nada. Este año se han sumado más de cinco millones de personas a las listas de pobres. Cinco niños han muerto estos días a causa del hambre. En la ciudad de Comodoro Rivadavia un grupo de desempleados ocupa Repsol-YPF para que se les otorguen 750 puestos de trabajo. La tasa de paro llega al 25%. Un político como Rodolfo Rodríguez Sáa, que duró una semana en la presidencia de la República, encabeza las encuestas para las elecciones del 2003. Dice que no hay que pagar la deuda externa. La segunda es Lidia Carrió, ex-diputada que organizó una fuerza de izquierda mística . El tercero es un trotskista, y de cuarto aparece la sombra de Ménem. El viernes, el presidente Duhalde declara que no va a pagar las devoluciones de créditos con el Fondo Monetario Internacional. Para la moratoria-chantaje utiliza una vez más los sufrimientos del pueblo. Lloramos por ti, Argentina, por las penalidades que aún tienes que pasar hasta que la lucidez de los decentes se haga con las riendas del país.