TODAS las esperanzas de que las elecciones a mitad de mandato moderasen la retórica belicista de Bush acaban de venirse abajo. La idea de la Casa Blanca era convertir estos comicios en un referéndum sobre la guerra de Irak y sobre todas las guerras que sean necesarias para la grandeza de los Estados Unidos, y el pueblo americano acaba de decirle que está de acuerdo con los desvaríos de Afganistán y Oriente Medio, con la idiotización de la democracia, con el vivero fascista de Guantánamo y con la alternativa del exilio interior que se le ofrece a los que discrepan. Así que, al menos por este lado, sólo cabe esperar más militarismo, más pensamiento único, más chauvinismo, más ninguneo de la ONU y más guerra. Tampoco es buena noticia lo que sucede en Israel, donde ya se prepara una edición corregida y aumentada de la guerra de Irak. Las elecciones de febrero de 2003 también se presentan como un plebiscito sobre la cuestión palestina, con todas las palomas enjauladas y con los halcones y buitres calentando las elecciones primarias. Y eso quiere decir que también aquí tendremos más Likud, más Hamás, más terrorismo, más represión y más guerra. Y, puestos a leer presagios, tampoco debemos engañarnos con lo que pasó en Turquía, donde la victoria del fundamentalismo moderado del AKP no es más que una pacata expresión de la derrota del Estado laico, con una perspectiva poco halagüeña sobre el futuro de un país invertebrado, afectado por una grave crisis económica, con una guerra latente y con fuertes reservas de poder militar proamericano y antidemocrático, donde sólo el islam funciona como elemento de cohesión y como memoria y representación colectiva de las glorias perdidas. Claro que, si los presagios se cumplen, también podría decirse que nos asiste la razón. La presión de Bush engorda el integrismo. El pisoteo de la ley internacional aleja a Europa de Estados Unidos. La guerra contra el terrorismo es un fracaso sin paliativos, que no resuelve los atentados y nos convierte en admiradores de Putin y sus gases. Y el conflicto israelí camina con paso de oca hacia un nuevo Septiembre negro y una peligrosa exportación del conflicto. Pero es inútil resistir, porque nadie quiere oír hablar de política, de moral o de paz. Los que van a ganar y los que van a perder creen en la regeneración por la violencia. Y, aunque nuestras advertencias eran mesuradas, y se ven confirmadas por el tiempo y los hechos, es evidente que los electores, la prensa, los políticos y los negociantes le temen más a la paz que a una violencia genérica que ellos creen dominar. Y ya se sabe que la guerra es como el diablo: siempre que se la llama, acude.