DOÑA ANA Palacio, flamante ministra de Exteriores, parece decidida a emular a su ex-colega la Villalobos. Pero su peculiar caldito obvia la carne de vaca loca para mejorarlo con una pepitoria de derecho internacional, ninguneo de la ONU y escamoteo constitucional a partes iguales, regado con unas gotas de santa desvergüenza. Avanza la locura como un frenesí, como un vivo sin vivir en mí, entendido por el respeto que todo gobernante democrático debe a la legalidad que le legitima. Como las folclóricas nudistas de la Transición, hay que hacer lo que exija el guión. El Roma locuta est, causa finita est , en detrimento de la razón o el propio discernimiento, ha sido siempre pauta de actuación para nuestras gentes piadosas. Ahora, cuando la globalización económica tiende a sustituir a la teocrática, en el imaginario político moderno, donde digo Roma, digo Bush, el imperio, y hay que dedicarse a la caza de brujas ya no de herejes clásicos, sino de antiguos colaboradores o socios de la política militar norteamericana, hoy molestos como Bin Laden o Sadam Husein. Pero hay que agradecer a doña Ana que su pertinaz verborrea nos deje las cosas más claras de lo que acostumbra el lenguaje diplomático de profesionales o políticos experimentados. El caso Valderrama es todo un apólogo oriental clarificador para la sufrida opinión, a la que se pretende distraer con finos toreos de salón, de lo que verdaderamente pasa en este tiempo en que se valoran más a los mercenarios dóciles que a los profesionales razonablemente críticos.