El esfuerzo de la belleza

OPINIÓN

02 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

EL DINÁMICO Colegio de Arquitectos de Granada convoca un certamen bienal de arquitectura. Como miembro del jurado de su tercera edición he tenido la oportunidad de afirmarme en el convencimiento de que en España se hace cada día mejor arquitectura, sólo que pasa inadvertida entre tanta construcción sin interés. Uno de los premios fue para el edificio de Caja Granada, obra de Campo Baeza, un cubo vibrante de hormigón que se divisa desde cualquier parte de la ciudad y que seguramente formará parte de la nueva iconografía granadina. En otra dimensión del ejercicio profesional, se premió un grupo de viviendas muy bien pensadas de Rodrigo Marhuenda, que plantean soluciones experimentales en el hábitat. También obtuvo reconocimiento la sensible rehabilitación-renovación de la sede de la fundación José Guerrero, de Jiménez Torrecillas, y en el apartado urbanístico se nominó el nuevo Plan General. Granada es una ciudad de interior que se asienta entre la sierra y la vega. Las ciudades de tierra adentro suelen tener una población más autocrítica que las que se abren al mar. Éstas tienen la dimensión del horizonte del agua, aquéllas tienen recovecos y perspectivas más limitadas que encierran a sus habitantes, pero se salvan si pueden ser vistas desde una montaña, porque así se adquiere la percepción de la ciudad entera. Es el caso de Granada, que tiene gran parte de su belleza condensada en el Albaycín y la Alhambra. Para descubrirla hay que subir con esfuerzo por las estrechas callejas empedradas, flanqueadas por las blancas tapias de los cármenes. A pesar de la enorme presión del turismo, incluso ahora, en temporada baja, la Alhambra es un lugar mágico, donde el tiempo parece detenerse en un juego de transparencias. El paso de la luz a través de los paños de sebka calada convierte los muros en una cortina traslúcida, y a veces, cuando el sol incide de una manera especial, proyecta el encaje de estuco sobre la pared opuesta. Es un mundo de contrastes, de la sobriedad exterior a la riqueza de las estancias nazaríes, de la gama terrosa de las murallas a los colores desvanecidos en los mocárabes de las bóvedas y la decoración de ataurique. Esos monumentales paramentos que se alzan sobre el barranco del Darro no dejan adivinar las suntuosas estancias interiores, donde el agua canta permanentemente en las fuentes o se remansa silenciosa en los estanques. La Alhambra es una lección arquitectónica y urbanística, un compendio del arte de habitar. Es la ciudad de los sentidos, concebida para el regalo de todos y cada uno de ellos, un conjunto de una belleza casi excesiva que exige un esfuerzo para asimilar tantas impresiones y que, por momentos, nos hace desear salir de allí. Pero al irnos creemos comprender la amargura de Boabdil al dejar atrás sus palacios, porque enseguida nos asalta la añoranza y sentimos el deseo de volver a Granada.