DESDE HACE MESES la política francesa está patas arriba. Este periodo desconcertante empezó antes del verano, cuando en la elección presidencial el candidato de derechas salió elegido con aplastante mayoría gracias a los votos de izquierdas, para evitar la victoria de Le Pen, aspirante del neofascismo al puesto supremo de la nación. Hubiera sido lógico que las derechas vencedoras, habiendo sido elegidas mayoritariamente por votantes de izquierdas (a veces haciendo el acto simbólico de taparse las narices al depositar la papeleta), fuese respetuosa con los deseos de la mayoría y llevase a cabo gran parte del programa de sus adversarios. Pero no. La primera actitud fue desmontar algunos de los avances sociales que los ciudadanos habían logrado en los años de gobierno socialista, en particular la ley laboral que limita el trabajo semanal a 35 horas, reducción de los impuestos a las grandes fortunas y otras medidas económicas nada despreciables. En cambio, con el tiempo, otros aspectos de la política han cambiado en sentido progresista, empezando por lo más urgente hoy, que es la posición de Francia ante el derrotero del mundo. Muchos pensamos que el anterior primer ministro Lionel Jospin, convertido en presidente de la República, no hubiera asumido una actitud tan firme como Chirac en la catástrofe con que nos amenaza Bush para hacerse con el petróleo de Oriente Medio, aunque sepamos que al fin terminará por plegarse ante la posición americana. Es este un ejemplo de posiciones éticas, que, hablando en plata, no cuestan nada, como la dedicación del presidente a la seguridad en la carretera y a la protección del ambiente y la de su primer ministro a la necesaria descentralización del Estado jacobino. Lo mismo sucede con otros asuntos referentes a las costumbres y a la moral. En esto se lleva la palma -por su visión clarividente de una estrategia poco costosa y políticamente rentable-, el nuevo ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, de cuyas ambiciones supremas nadie duda y que buen camino emprendió para llegar a la cima. El primer escollo que se le interpuso fue una novela titulada Rosa bombón , en la cual se narran situaciones eróticas que pueden caer bajo la ley por pedofilia, y así lo denunciaron las ligas moralizadoras que perduran en Francia, exigiendo su prohibición. El ministro (¡del Interior!) respondió que la represión no resuelve ningún problema, confirmando que se oponía a toda clase de censura y Rosa bombón se sigue vendiendo. Otros asuntos, mucho más candentes, son los de la doble pena y el derecho de voto a los extranjeros. Saben ustedes de qué se trata: a mí, o a cualquier colombiano o senegalés, aunque lleváramos aquí medio siglo, nos podrían desterrar a nuestro país de origen si cometemos algo condenable, pero después de purgar la pena que, según los jueces, mereciese nuestra fechoría. Es decir, dos penas. Al último ministro del Interior socialista le parece justa esta doble pena, mientras que el derechista Sarkozy trata de evitarla por considerarla inhumana. El derecho de voto de los extranjeros había sido evocado ciertas veces por François Mitterrand con la maquiavélica intención -que le resultó eficaz- de incitar a la derecha a votar por Le Pen, restando así votos a Chirac. Ahora Sarkozy nos quiere otorgar este derecho. En lugar de sacar la porra, el encargado de la policía consulta a las asociaciones de emigrados, de sin papeles , a la Liga de Derechos Humanos, e inicia un proceso de integración, reconociendo que «Francia necesita a los inmigrantes». Muchos más ejemplos podíamos citar, que muestran cómo la derecha asume medidas que los socialistas no quisieron o no se atrevieron a emprender. De modo que ahora están completamente desorientados y deshechos en varias corrientes internas, desde las conservadoras (Laurent Fabius) hasta las izquierdistas (Enmanueli, Montebourg). El ex-ministro Jack Lang es uno de los pocos que admiten la pertinencia de algunas medidas del Gobierno actual, y que deberían haberlas impuesto ellos cuando estaban en el poder. Asunto tan complejo se puede resumir en una frase diáfana pronunciada tiempo atrás por el omnipresente Sarkozy: «Si prohíbo Rosa bombón , cada mes me llegará una denuncia para que haga lo mismo con otros libros semejantes. Perdería todas mis fuerzas en ello y me ganaría una imagen de censor. Lo que hago es soltar lastre en lo accesorio para avanzar en lo esencial». A mi pobre entender, lo esencial es la economía. Esta misma semana se abrogó una ley que congelaba los alquileres de los pisos en París. Se decide una reducción de impuestos a las clases pudientes y a las grandes fortunas. Y lo esencial para ellos es sobre todo la necesidad que tiene el neoliberalismo europeo de mano de obra extranjera, visto el escaso incremento demográfico en la opulenta Europa. Lo comprendió la Italia de Berlusconi, que se dispone a integrar a todos los extranjeros pese a la oposición de partido neofascista de Bossi, pero con el agradecimiento de las grandes empresas de la región milanesa. Ahora lo entiende la Francia de Chirac y no falta mucho para que sigan otros regímenes conservadores del continente.