DE PEQUEÑO me quedaba alguna vez embobado con el sonido de una palabra y me la repetía una vez y otra como, si al hacerlo, fuera capaz de percibir el hilo invisible que la unía al mundo real, al objeto concreto que nombraba. No hacía falta que se tratara de una palabra hermosa. Podía suceder con cualquiera, incluso con una vulgar: con «jersey», por ejemplo. Quizá ya entonces intuí lo que luego llegaría a aprender con cierto fundamento científico: el poder de las palabras. Vengo de escuchar a Víctor García de la Concha, el Director de la Real Academia Española, y habló, me parece, de eso. Y al hacerlo, removió algo que llevo muy apretado en el alma: el amor y el respeto por las palabras. García de la Concha es, claramente, un amante de la palabra. Se le nota, sobre todo, en el cariño, en el cuidado con los que elige y pronuncia cada una, hasta el punto de que parece que declama un verso memorizado incluso cuando improvisa. Da gusto oírle, como diría mi madre. No es un logotraficante, de esos que tanto abundan, y viven -en bajos fondos muy vistosos- del uso y del abuso de la palabra, de retorcerla y emponzoñarla a su antojo y en su beneficio. Alguien un día les pedirá cuenta de tanto don desperdiciado en chismes.