DENTRO DE nuestras fronteras, es decir, en España y por sus variopintos habitantes, EE. UU. ha disfrutado de un buen cartel hasta hace relativamente poco; y ello pese a las sangrientas confrontaciones bélicas en nuestras colonias y al desprecio permanente a nuestras colonizaciones y a todo lo que se considera hispano y español. Quizás el atractivo de una estatua de la libertad como símbolo, nuestras abundantes importaciones de Hollywood, la luz cegadora publicitaria de que cualquiera podía allí «escalar el cielo»; y hasta el agradecimiento de las izquierdas por su presencia en las Brigadas Internacionales, sin olvidar su decisiva actuación en la lucha contra el nazismo, mantuvo su buena imagen pese a los devaneos de Eisenhower con el franquismo, pero lo del Vietnam, su errónea política en Latinoamérica y su prepotencia económica y política, amén de su escasísimo éxito bélico -aunque parece un contrasentido-han ido limando, no digo ya el prestigio, sino incluso el respeto divino a la gran potencia que sigue siendo, que conserva su protagonismo como adalid de las libertades democráticas. Moralmente, el haber reconocido que la Guerra de Cuba fue buscada de propósito, con alevosía, ha hecho caer las últimas vendas de los descendientes de aquella catástrofe que tanto ha condicionado nuestra historia. Y lo que es peor para una gran potencia, con ambiciones de liderar el mundo occidental, todo lo que de allí procede se pone hoy en tela de juicio: ha pasado de ser el ejemplo a ser por si acaso siempre sospechosos cuando no acusados de antemano. Y el presidente Bush se ha convertido en el centro de cuanta crítica, reproche, rechazo y hasta odio existen contra lo yankee . El martini resultante de su escaso tacto, fallidos planteamientos y excesivo afán de protagonismo le está saliendo a un precio desorbitado. Pero no es de recibo ignorar que su situación es heredada -y no sólo de su padre- y que nunca nadie ha recibido más agresiones tan inhumanas como las que va a seguir soportando el actual inquilino de la Casa Blanca. Ni tampoco pienso en que su ansia de guardián de Occidente sea más firme que la de mantener el orgullo de primera potencia y sí creo en que es más que consciente de que se está quedando más sólo que si fuera de Tudela y que el miedo ha empezado a enseñorearse en sus compatriotas: es muy contagioso y tan maligno como el cáncer.... Irak, el 11 de septiembre, Afganistán, de nuevo Irak, y ahora las provocaciones brutales en Bali y Filipinas son para aterrorizar: y por si fuera poco, ni siquiera se sabe si lo del francotirador del Tarot es sólo uno y que no está tan loco y también obedece a un plan previamente diseñado. ¿Acaso quiero decir que estamos viviendo un muy pensado plan del Islam? Me resisto, pero no puedo evitar el pensar en esa revolución pendiente, llena de un odio secular de los integristas, en la que, por cierto, nadie debe olvidar que al menos el Sur y el Este de la península están en el ojo del huracán; y que los racionalistas islámicos, los no integristas de hoy, se integrarán por Alá en este objetivo santo, y que tienen, al menos un almanzor vecino que ni siquiera permanece sentado, ni en el trono ni en el banquillo. Y no carecen de ningún medio: en especial, del tiempo que pareciese no corre en los dominios de la media luna. Y si así fuere, ¿quién los pararía? Ignoro por qué se me ocurrre ahora, al final del artículo, recordar que de no ser por los ingenuos yankees ahora seríamos sólo la huerta imperio nazi. Sólo se me ocurre aquello que ni tanto, ni tan calvo, o más a lo bestia: «Calvo, pero que no se le vean los sesos...».