UN SUAVE aroma de cambio comienza a percibirse en muchos despachos oficiales de Madrid y en los centros de decisión financieros. Probablemente no se produzca un vuelco espectacular en las lejanas elecciones generales de 2004, pero parece evidente que el mapa político sufrirá severas correcciones. Los gestos, el estado de ánimo y el cansancio de un partido que gobierna España desde hace seis años, explican una parte de los errores que se cometen a diario. Hace algunos años me decía un exministro socialista, «no hacía falta que nos enseñaran los sondeos; el cambio político, la derrota, la percibes cuando notas que todo te sale mal y que cuanto más te esfuerzas en corregir la tendencia, más se consolida y se acelera. Es una dinámica imparable. No funciona nada y se pierden los reflejos». Y tenía razón. Una vez que la tendencia electoral, configurada por una multitud de percepciones del ciudadano, comienza a declinar, es muy difícil invertirla. El rostro lívido de Aznar mientras Zapatero subía el martes hacia la tribuna del Congreso, no expresaba sólo la sorpresa por la maniobra inesperada del líder socialista, sino que, cuanto más ascendía Zapatero, más se hundía Aznar en el escaño. Por la mente de Aznar pasaron, probablemente, en décimas de segundo, todas las escenas gloriosas que le llevaron desde la presidencia de Castilla-León hasta La Moncloa: El Congreso del PP en Sevilla, el apoyo final de la reticente CEOE, los debates con González -«¡váyase señor González!»-, el escándalo de Roldán, las elecciones de 1996, y la mayoría absoluta de la derecha española en 2000. Las olas del PSOE le acercaban a la arena de la playa. Todo cambio político se apoya en dos circunstancias. Hace falta que la oposición lo haga todo muy bien, y es preciso que el gobierno lo haga todo muy mal. Y en este Gobierno están faltando olfato político, reflejos, y sobra condescendencia hacia el PSOE. Veamos tres errores. Evaluaron mal la capacidad de respuesta de los sindicatos y el decretazo , con la reforma laboral inspirada por Rodrigo Rato, precipitó una huelga general que «nunca existió», y que deterioró la imagen de centro reformista tan querida por Aznar. Por otra parte, una cosa es que el electorado español rechace la última propuesta de Ibarretxe, y otra, muy distinta, es que se desee ir hacia un conflicto con Euskadi y Cataluña. Y por último, nadie comprende los motivos para no desvelar el nombre del candidato oponente de Zapatero para las elecciones generales, a no ser que la propia retirada de Aznar no esté completamente decidida. Si las cosas empeoran en el País Vasco, si las relaciones con Marruecos se hacen críticas, si España se vincula a los resultados de una guerra contra Irak, y si las encuestas amenazan ruina, Aznar no podría abandonar la nave .