Partidos y listas

X. F. ARMESTO FAGINAS

OPINIÓN

CASI MEDIO siglo ha discurrido desde que un profesor de Derecho Político pretendía formar (¿?) a los estudiantes españoles, explicándoles, entre otras cosas, que «el partido es (...) una asociación política centralizada, burocratizada (que) propende a ser mangoneada por unos pocos caciques». Finalizaba su argumentación con esta sentencia: «es en realidad poco representativa». Tan sesudo profesor aspiraba, desde que tuvo uso de razón, a ser ministro, y así lo retrató novelista de una sola y breve novela. Pocos meses después de manifestarse de tal guisa, el docente del relato logró su meta, gracias al dedo de quien «por la gracia de Dios» -eso nos decían- tenía poderes para hacerlo. En países con partidos, y no era nuestro caso, algunos de los males señalados por el profesor español eran puestos en la cuenta negativa de dichas formaciones políticas. Pero los partidos tenían otra serie de bondades y de ventajas sobre las que aquel profesor no instruía interesadamente a los estudiantes españoles. Pasado el tiempo, el metamorfoseado profesor de Derecho Político olvidó sus pasadas lecciones, cuando los alumnos que las padecieron ya eran mayorcitos. Acaso con el paso de los años llegó a conclusión semejante a la de un paisano suyo cuando atravesaba un puente de dudosa seguridad, discurriendo en zig-zag: que «Deus é bo, pero o demo non é malo». Y con el entusiasmo del converso, e incluso con el desenfreno de éste, creó una de aquellas cosas tan poco representativas y tan dadas al mangoneo, según él. En estos días en que nos llueven noticias sobre la fabricación de listas electorales para comicios que se acercan, aquellos rasgos negativos, con mangoneo de caciques incluido, a los que en su condena se refería el docente de nuestro recuerdos, los hallamos frecuentemente. Si usted juega a ser ingenuo y formula preguntas sobre el particular en el reservado del Vilas o en un despacho de San Caetano, el interrogado, ex profesor de Derecho Político, ex ministro, matará su curiosidad: «No tengo nada más que hablar. Punto».