LOS VENEZOLANOS están divididos en dos bandos: los que idolatran a Hugo Chávez y los que lo detestan. El primer grupo coincide, grosso modo, con las clases más desfavorecidas de la población. El segundo es más variopinto: la patronal Fedecámaras, los partidos de la oposición, una pequeña parte del Ejército... En el grupo de los que sienten aversión a Chávez se encuentran los catorce jefes militares -la mitad de ellos procesados o bajo investigación militar por el golpe de Estado de abril- que el martes se atrincheraron en la plaza Altamira de Caracas e instaron a sus compañeros de armas y a la población a la desobediencia civil. No parece que el llamamiento haya tenido demasiado eco en los cuarteles. Tan sólo unos miles de simpatizantes se concentraron en la capital y otras ciudades del país para exigir por enésima vez la renuncia del presidente. Hugo Chávez puede caer bien, mal o regular, pero es el presidente elegido por votación democrática por los venezolanos y, por tanto, ocupa legítimamente la presidencia del país. Como candidato del Movimiento V República, ganó las elecciones del 6 de diciembre de 1998 con casi el 57% de los votos para el período 1999-2004. Desde hace tres años ha tenido que afrontar numerosos movimientos desestabilizadores -tres huelgas generales y golpe de Estado incluido en lo que va de año-, el último de ellos el martes. Los militares que han llamado a rebato se dicen a sí mismos demócratas, pero han quebrado la lealtad constitucional que deben al jefe del Estado. Las diferencias sólo deben solventarse con medios pacíficos y democráticos, y con la Constitución en la mano.