UN CENTRO de enseñanza tiene un valor incalculable. Es una de las empresas humanas que mayores beneficios aporta a la sociedad. Una inversión para el futuro: trabaja para la gente joven y les enseña la supremacía de la razón sobre el instinto, el valor del arte, las ventajas de la cultura y el civismo. Un viejo instituto -pongamos por caso el Concepción Arenal, de Ferrol, que acaba de celebrar su septuagésimo quinto aniversario- termina siendo un referente para miles de ciudadanos que pasaron por sus aulas. Allí descubrieron el mundo de las artes, de la ciencia, de la historia y del pensamiento, y, sobre todo, se dotaron de instrumentos válidos para seguir indagando en ellos por su cuenta. Por eso no es de extrañar que hubiese tanta gente en los actos con que el viejo Instituto ferrolano conmemoró, este viernes, sus tres cuartos de siglo. Sobre todo antiguos alumnos, con su paciencia de jubilados, en un reencuentro con sus vivencias escolares. Oyéndolos hablar, uno tiene la impresión de que el centro, de alguna manera, supo continuar la estela académica de la Institución Libre de Enseñanza, el ateneísmo de Azaña, el magisterio de Ortega o la vitalidad de la II República. Herencia nada desdeñable, por cierto, que hoy tenemos la obligación de cuidar y transmitir. Primero y único, durante muchos años, en la ciudad, el Instituto ha irradiado una positiva influencia sobre gran parte de la ciudadanía. En él enseñaron profesores ilustres -no me resisto a citar a Torrente Ballester-, y de él salieron alumnos muy brillantes; José Rubia Barcia, por ejemplo. En él se creó -años 50- un grupo de teatro que encauzaría en el arte dramático y en la literatura a muchos chicos y chicas; allí se fundó un cine-fórum que, además de buenas películas, acabó abriendo los ojos sobre la realidad política española a un gran número de ciudadanos; su salón de actos se erigió en tribuna pública y de prestigio para sindicalistas y políticos en la clandestinidad. Allí escuchamos a Rafael Alberti recitar sus versos y al viejo Tuñón de Lara explicar su historia dialéctica. En este Instituto -supongo que en otros también- nos hemos enriquecido todos: alumnos, profesores, personal no docente, padres y vecinos. En unos aspectos o en otros, somos muchos los beneficiados. Todos hemos ganado algo en sus muchos años de brega. También aquel viejo bedel que, a fuerza de borrar los encerados de las aulas, había alcanzado una gran cultura general, aunque hecha de piezas dispares e incompletas. Sabía fechas históricas, fórmulas químicas y postulados matemáticos, trozos de teorías filosóficas, estrofas sueltas de algún poema, nociones de termodinámica... pero todo fraccionado e inconexo. Un batiburrillo cultural que el esforzado funcionario llevaba con tímida perplejidad. Pero que, como el bedel de la novela de Landero, siempre sacaba a relucir como ejemplo de lo mucho que allí se podía aprender. Todo el entorno se ha enriquecido culturalmente con la presencia del Instituto. Hasta los pájaros que pueblan su jardín. Cuando se podan las viejas palmeras que lo centran y cae al suelo algún viejo nido, invariablemente tiene como material de obra alguno de esos papelitos que los alumnos utilizaron antes como chuletas de exámenes. Y es que por algo la Naturaleza es sabia.