YA EN 1916, don Julio Camba escribió desde Nueva York un artículo sobre los asesinos en serie. Los entendía, con su buen humor, dentro de una de las tantas manifestaciones de la producción americana en serie. Como la Ford, la Gillette, o la Coca-Cola. Y añadía: Este ciudadano que se ha vestido siempre con ropas de serie, que se ha alimentado con comidas de serie; a la hora de morir, ha muerto víctima de un asesinato en serie. Los asesinos en serie no son sólo un producto americano. Pero casi. Periódicamente, un psicópata nos sobresalta con un rosario de crímenes. Lo hicieron Jack el Destripador, la bestia de Rostov , Landrú, el estrangulador de Boston, el depredador de Chihuahua, la viuda negra, el doctor muerte , el asesino de la carretera y, ahora, el francotirador del tarot . Pronto aparecerá otro. Dicen los psiquiatras que son personas fracasadas. Mejor, son personas que sobreviven en una sociedad fracasada. La sociedad americana ofrece el mayor censo de asesinos en serie. No podía ser menos. Una población tan violenta no puede brindarnos otro modelo. Un país armado hasta los dientes no puede ahora lamentarse de tener una cultura de violencia. Un territorio con 195 millones de armas en manos de civiles, o lo que es lo mismo, con 45 millones de personas armadas, no puede sorprenderse de que su atmósfera resulte irrespirable. El francotirador del tarot cambió la vida de los norteamericanos más que el 11-S. Lo han dicho las crónicas periodísticas. Los americanos no repostaban gasolina, no acudían a los supermercados y caminaban por la calle en zigzag. Si entre los detenidos de ayer se encuentra el asesino, puede que recobren la tranquilidad. Entonces, les vendrá bien reflexionar. Leyendo a Mafalda . En una de sus tiras, Quino le hizo decir: «Al fin descubrimos al enemigo. Somos nosotros mismos».