Un general en Bagdad

OPINIÓN

13 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

SI EL QUE LA SIGUE la consigue, y si los terroristas siguen dándole cobertura y ganándole adeptos en Bali, en Finlandia, en Gaza o donde sea, George W. Bush no va a quedarse sin su guerra. Su habilidad para tomarle la medida al mundo es mucho mayor de lo que imaginábamos, y al final vamos a tener que darle la razón en que nadie se opone a la guerra con la boca grande, y que, tanto si ataca con una estética autorización del Consejo de Seguridad, como si lo hace a la brava, nadie lo va a denunciar, ni a impedir que lo haga. Después de un cruel bloqueo que sólo sirvió para debilitar al enemigo y hacer más fácil la guerra que papá no concluyó, después de una larga y sangrienta dictadura que los propios americanos armaron, y después de una estéril y dramática guerra contra Irán que la Casa Blanca azuzó y sostuvo, los pobres iraquíes van a tener que soportar una nueva y aterradora malleira, una humillante transición presidida por un americano, un simulacro de consejos de guerra contra los adláteres de Sadam Husein (porque el TPI está muerto y nadie se atreve a invocarlo siquiera), la creación de un gobierno de oportunistas y títere de Bush, y un reparto del botín de guerra -contado en petroleros- que se hará mediante la fórmula que utilizaban los jefes de tribu de la escuela de Forcarei, cuando repartían la fruta robada: «Un para min, un para vós, e dous para min; e outro para min, outro para vós, e dous para min». Y así seguido, sin parar, hasta que no quepan más barriles de crudo en la reserva americana. Ello no obstante, nadie podrá reprocharle a Bush el haber actuado con engaño. Y todos tendremos que admitir que, si despreció y amenazó a la ONU, chuleó a Europa, compró a Rusia, chalaneó con China y mareó a Francia y Alemania, lo hizo en sesiones televisadas y delante de todo el mundo, dejando muy claro que no tiene más objetivo que repartir el petróleo, hacerle un regalo a papá, poner un general al frente de la colonia y demostrar que Europa se traga el TPI y las normas internacionales sin más exigencia que unos kilos de bicarbonato sódico. ¡O sádico!, si falta hiciere. Por eso nos jugamos mucho más que la paz. Porque vamos a perder la conciencia, la vergüenza y la memoria. Vamos a masacrar los pequeños avances de la democracia y la justicia nacional. Vamos a quedarnos con una Europa que no podrá mirarse al espejo. Vamos a abrir la espita a una política militarista que nos hace recordar nuestra peor historia. Y, mientras arreglamos los negocios de Bush, vamos a dejar el terrorismo más impune, organizado y extendido que nunca. ¿Que esta vez vamos de ganadores? Peor aun. Porque somos más cobardes y nos sometemos a peor vergüenza.