ESTÁBAMOS sentados los tres en unas escaleras, frente a la cárcel Mamertina, viendo caer una tarde muy roja sobre los Foros. La gente iba llegando en olas que morían a veces, medio atontadas, en la espuma de cerveza que se expendía en un carrito de helados y bebidas. Roma estaba espléndida como una moza que ya sabe que es guapa: como si su belleza no tuviera mayor importancia, dejándose ver. Nunca me había gustado tanto. No sé qué me pasaba con Roma esta vez. Quizá era que llevaba tiempo sin volver. Quizá me sabían a poco sólo dos días. Quizá los pies ardiendo me recordaban viejas tardes de primavera caminando por... Lo entendí repentinamente. Jamás había visto Roma en otoño, mi estación preferida. El otoño es de oro y de cobre y está hecho de jirones. Como un vestido viejo, parece que no abriga otra esperanza que la del invierno. Huele más que las otras estaciones, a humo y a leña, a uva y a castañas. Huele, sobre todo, a tierra. Ayer, de vuelta, olía también a lluvia. Así que al llegar al peaje me dijeron lo que ya parece costumbre: «Circule con precaución porque hay un accidente un poco más abajo». El desastre estaba unos metros antes de donde siempre. ¿Y qué?