EL PREMIO Nobel de Física se ha concedido a R. Davis y M. Koshiba por la detección de neutrinos cósmicos. También a R. Giacconi, por el descubrimiento de fuentes cósmicas de rayos X. Los neutrinos son unas partículas fantasma: carecen de carga y apenas tienen masa. Su existencia la predijo teóricamente el Nobel W. Pauli, para explicar la desintegración de un neutrón en un protón y un electrón. En el proceso no se cumplía el principio de conservación de la energía y algún otro. Se inventó una tercera partícula, sin masa y sin carga, que se llevaba la energía que falta. E. Fermi, también Nobel, bautizó esas partículas como neutrino , en italiano un neutro pequeño. Durante mucho tiempo fueron una especie de cuchillo sin hoja al que le falta el mango, una entelequia. Hoy son una realidad, confirmada experimentalmente. Los neutrinos se generan en los procesos radiactivos, en los choques de las radiaciones cósmicas con la atmósfera, en estrellas, en quásares, en supernovas (muerte explosiva de estrellas grandes), etc. Se cree que hay miles de millones de neutrinos pululando por el espacio. Dadas sus características, sin apenas masa y neutras, los neutrinos atraviesan la materia sin dificultad alguna, de ahí que los calificásemos de fantasmas. Esta propiedad dificulta grandemente su detección. Por eso se premia con el Nobel a los científicos que lo lograron. Los detectores de neutrinos se construyen bajo tierra, a grandes profundidades, para eliminar todas las partículas y radiaciones que no sean capaces de atravesar esos espesores de materia. R. Davis instaló el suyo en el fondo de una mina de oro en Dakota del Sur. Contienen toneladas de material (tetracloroetileno, agua pesada) que actúa como blanco y miles de sensores que detectan cada choque y lo amplifican. Con la detección de neutrinos cósmicos se recurre a partículas diminutas para explicar la grandiosidad del Cosmos.