LA PROPUESTA de Ibarretxe de convertir a Euskadi en un Estado asociado es desde luego atrevida y puede recibir legítimamente todo tipo de críticas, ya sea de inconveniencia política o de dificultad de encaje en el actual texto constitucional español. Lo que no parece admisible es atribuirla sin más a la demencia o a la voluntad política de conducir las cosas al caos y hacerle la autopsia antes de nacer. Debería debatirse, por si pudiera aportar alguna vía de solución a un conflicto que ya tortura de más. El mundo de hoy es fértil en fórmulas políticas asociativas que poco tienen que ver con la soberanía concebida por Bodino y con la rigidez del Estado nación, que se desfleca por todas sus costuras. Justo ahora, en el centenario de Karl Popper, resulta sarcástico que sigamos presos del miedo a la libertad, o proclives a las ideologías verticales. Él decía que las ideas nuevas han de ser, en su caso, refutadas o f alseadas objetivamente, no cercenadas de raíz y sin discusión en razón de un ideal subjetivo.