EL PRESIDENTE Aznar se jacta de su recto proceder. De no dar ni un leve paso atrás en sus planteamientos. Aznar tiene por norma no rectificar. Es inflexible. Ni aún en los peores casos. Ni cuando lo que está en juego es, nada menos, que la estabilidad social y política del país. Acaba de volver a demostrarlo en el tema vasco. El Partido Popular no va a acudir a la llamada de Ibarretxe, sencillamente porque cree que carece de razón. Porque el lendakari es un fanático al que no hay que hacer caso. Porque no se puede perder el tiempo en hablar de estados libres asociados. La decisión de Aznar y los suyos resulta preocupante y peligrosa. Ya ni creen en el diálogo. Es una irresponsabilidad impropia de un jefe de Gobierno dar la espalda a cualquier propuesta que nos permita ver el final del atolladero. Cuando más diálogo y comprensión precisamos, más cerrazón encontramos. Aznar ha dedicado gran parte de su mes de vacaciones a la lectura. Según cuentan los cronistas sociales, en su retiro de Menorca el presidente se decidió, entre otros, por dos interesantes volúmenes. El tomo de memorias de Churchill correspondiente a la Segunda Guerra Mundial, y El Napoleón de Notting Hill , del inglés Gilbert Keith Chesterton. Chesterton, que era un descreído de la democracia, realiza en esta obra, una despiadada crítica sobre la borrachera de poder y el excesivo personalismo en las decisiones de carácter político. Y Churchill dice que «la democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás». Pero José María Aznar no parece haber sacado provecho de sus lecturas veraniegas. Bien podría haberse dedicado a leer las aventuras de Roberto Alcázar y Pedrín, las del espadachín enmascarado o las del profesor carambola. Van más con su estilo.