¿QUÉ SUCEDERÍA en el País Vasco en ese caso? Pues que no habría pistoleros. Ni violencia terrorista. Ni una parte de la sociedad amilanada por el miedo. Sucedería que todos los vascos (nacionalistas y no nacionalistas) serían iguales para expresar sus posiciones. Y que al serlo, los no independentistas -la mayoría, según todos los estudios- podrían juzgar tranquilamente las propuestas de sus líderes. Lo que les permitiría, sin angustia, ni complejos, decir con claridad lo que hoy no se atreven a decir por miedo a que les den un tiro en la cabeza: que la propuesta independentista de Ibarretxe expresa las ambiciones de un partido, pero no los deseos mayoritarios de la sociedad a la que ese partido se dirige. En ese caso -digo, si ETA no existiera- algunos vascos, muy españolistas (que los hay) exigirían, grito en el cielo, la intervención inmediata del Gobierno en defensa de la legalidad constitucional y estatutaria. Otros, más templados, se apenarían por un partido que, controlado por una camarilla fundamentalista, podría embarrancar en sus delirios. Y otros más escépticos, o más cínicos, harían incluso alguna chirigota sobre la idea descabellada de desgajar de España tres provincias que forman parte de la misma desde hace varios siglos. En fin, en el País Vasco sucedería lo que pasaría por aquí si mañana al BNG se le ocurriera pedir para Galicia el estatuto de libre asociación con el Estado: que muy poca gente se tomaría en serio la propuesta. No están las cosas en el Norte, sin embargo, para tomarse a broma las propuestas de Ibarretxe, ni menos para hacer con ellas chirigotas. Y no lo están porque ETA existe. Así de simple: la constante y aterradora sombra etarra sobre todo lo que en el País Vasco sucede y no sucede es la que convierte en verosímil una propuesta que de no existir ETA sería sencillamente inverosímil. Pero ETA existe. Y pistoleros. Y violencia terrorista. Y el miedo, que, salvo para Arzalluz, es la consecuencia natural de todo lo anterior. Al existir todas esas cosas no se dan en el País Vasco las condiciones mínimas para poder hablar de independencia, que es a lo que aspiran los que provocan el terror. Es esta situación inadmisible, y no sus contenidos, la que deslegitima la propuesta de Ibarretxe. La que la convierte en ventajista y, por ventajista, en inmoral. Pues inmoral es pretender debatir con quienes se juegan la vida al defender sus convicciones. Sólo hay algo más inmoral que esa pretensión: que Ibarretexe haga depender el fin de ETA de la aceptación de su propuesta. Y eso, no nos engañemos, es la ausencia de violencia de la que habla el lendakari.