ESTE VERANO, un importante político me decía, como un lamento o una premonición: «Nos acordaremos de Pujol». Me ha quedado grabada la frase, que parece una profecía al ver la evolución de las tensiones entre los nacionalismos y el Gobierno central. Ayer, al escuchar el discurso del Honorable ante el Parlamento catalán, me pareció todo un diagnóstico. Ayer me empecé a acordar de Pujol. Ayer comenzó su despedida. Se empieza a marchar una referencia. Creo que también mucho sentido común. Ahora, y sobre todo dentro de un año, todo será distinto. Al Honorable se le escucha -¡se lo hemos escuchado tantas veces!- anunciar que terminará su colaboración con el Estado si no hay más autogobierno, y no es una tragedia. Todos sabemos que, por pragmatismo y por disposición al diálogo discreto, se encontrará una solución. Le escuchamos acusar a Madrid de deslealtad con la autonomía, y no es una denuncia dramática, sino que tiene la lógica del nacionalista insatisfecho, pero leal. Quien gobierne la España presente o la futura sabe que, al final, Jordi Pujol nunca dejaría que España entrara en la inestabilidad. Y no es fácil. La espantá de Pere Esteve es la muestra de cómo las alianzas con Madrid crean cismas en el nacionalismo catalán. Todo eso comenzó a despedirse. No tenemos idea de lo que vendrá detrás. No sabemos si Artur Mas tendrá la misma disposición. No sabemos si una derrota de CiU supondrá una radicalización de esta fuerza política. Y tampoco sabemos si Pasqual Maragall será más nacionalista que CiU o en qué medida tratará de imponer esa rareza llamada federalismo asimétrico . Todas esas dudas comenzaron a formularse ayer, cuando el Jordi Pujol de tantas caricaturas comenzó a bajar el telón del pujolismo . Con algo de nostalgia, con bastante gratitud, me sumo al temor del principio: vistas las tensiones de hoy, temidas las incertidumbres de mañana, nos vamos a acordar de Pujol.