AMANECER en Río de Janeiro en vísperas de elección presidencial. En el taxi que me lleva del aeropuerto a mi hotel, situado frente a la sublime playa de Ipanema, leo el Jornal do Brasil . En primera plana, una enorme foto representa, en la azotea de un edificio, a un grupo de jóvenes descamisados y armados que agitan victoriosamente grandes banderas rojas. Un titular a toda pagina proclama: O Comando Vermelho toma Bangú 1 . Mi estupor es total. ¿Existen aún en Brasil comandos rojos , o sea, marxistas, adeptos de la lucha armada, que siguen practicando la guerrilla urbana? Leo con voraz curiosidad la noticia. Y comprendo el malentendido. No hay tal guerrilla urbana, ni mucho menos organización marxista. Ese Comando Vermelho es sencillamente el nombre de una mafia de la droga cuyos capos, detenidos en Bangú, la cárcel de máxima seguridad de Río de Janeiro, acaban de amotinarse y de apoderarse de la prisión... Mientras el taxi sigue recorriendo a toda velocidad las desiertas avenidas de esta incomparable ciudad dominada por 650 favelas, medito sobre esa noticia y sobre mi propia confusión. ¿No resulta acaso curioso que un grupo se apropie de signos políticos insurreccionales -la bandera roja- y se autodenomine con un nombre típicamente revolucionario -comando rojo- cuando se trata de una mera asociación de maleantes? ¿Inconscientemente, ese grupo no está queriendo significar que su práctica de la delincuencia es una forma -obviamente inaceptable- de rebeldía social? ¿Esta primera noticia que leo al llegar por enésima vez a Brasil, traduce en cierta medida un aspecto de la realidad de este gigantesco país en este periodo electoral? Las respuestas a estas preguntas me las proporcionan algunos de los especialistas que, como yo, han sido invitados a un coloquio sobre Globalización y desarrollo social que se celebra aquí y en el que participan también, entre otros, Joseph Stiglitz y Manuel Castells. Stiglitz me dice haber leído que, en Río, ciudad de seis millones de habitantes, han muerto, víctimas de armas de fuego, en los últimos doce años, más menores que en todos los conflictos armados de Colombia, Sierra Leona, Yugoslavia, Afganistán, Uganda, Israel y Palestina juntos... Y que, en esos años, fallecieron en Río por heridas de bala 3.937 menores, mientras que, por ejemplo, en el trágico conflicto entre Israel y Palestina murieron durante el mismo periodo, 467 menores... «Se trata de una verdadera guerra -me dice el profesor Bernardo Klicsberg-, en la que participan miles de niños combatientes a los que los medios no llaman niños soldados para no admitir que Rio está¿ en guerra con los narcotraficantes. Pero esa guerra es una realidad». De esta realidad, en una charla con nosotros, el presidente Fernando Henrique Cardoso minimiza las consecuencias. Defiende su gestión, que no es totalmente negativa, pero que, como se ve, ha tenido consecuencias sociales nefastas agravando las desigualdades de este país que era ya uno de los más desiguales y más injustos del mundo. Y empujando hacia la delincuencia a decenas de miles de jóvenes brasileños que sólo así consiguen sobrevivir. «Brasil -me decía en enero pasado, en Porto Alegre, Luiz Inacio Lula Da Silva, el candidato del Partido de los Trabajadores, que todas las encuestas dan como ganador de la elección presidencial de este domingo-consagra al año el 2% de su PIB a gastos de defensa nacional, pero en gastos públicos y privados contra la inseguridad y contra la delincuencia se gasta más del 10%. ¡Y el 10% del PIB de Brasil equivale al 100% del PIB anual de Chile! El país vive una verdadera guerra social cuyo costo es humana y económicamente insoportable. Por eso es tan urgente dar de nuevo la prioridad a las necesidades de la gente: trabajo, alojamiento, escuela, salud y cultura. El 6 de octubre este país va por fin a cambiar».