IDIOMA es una palabreja que farda más de la cuenta a costa de dialecto, que anda alicaído desde que lo arrinconaron a nombrar los hablares segundones, poco recomendables e incluso en peligro de extinción, pero no por tara interna, sino porque el peligro está en los extintores, que solamente deberían aparecer en caso de incendio, pero no es raro que entonces falten, mientras nunca falta un extintor, un terminator, para darle caña a todo lo que se aparte del catecismo que él profesa. Idioma y dialecto andaban a la par y bien avenidos en sus orígenes griegos, pero pronto empezó el idioma a comerle el terreno y la dignidad al dialecto y la desfeita se consumó allá por XV y XVI cuando entró en escena -si es que alguna vez había dejado el escenario- nada menos que ¡hale hop! la Nación y revestida con la agravante de Estado Nacional, porque Dios los da y ellos se juntan. Y digo agravante porque el Estado Nacional es la Nación elevada a sí misma y convertida en Nación Comenaciones. En ese momento el idioma o particularidad, que eso significa en griego, se hace nacional, es decir, la particularidad se dobla en excluyente, en medio de incomunicación con quien no quieres comunicarte, mientras el dialecto, es decir, lo que significaba conversar o dialogar, se degrada a nombrar los márgenes que ni siquiera son lengua, los desechos que más de una vez fueron a dar al cero absoluto. La estupidez crónica de tener al gallego por dialecto del español deriva de esas lindezas. Ahí queda, en telegrama porque el folio no da para más, la raíz europea y todavía viva de las andrómenas en las que el nacionalismo con Estado y sin él juega al idioma, a la peculiaridad que incomunica. Por ejemplo, unas cuantas malas experiencias entre España y Portugal han generado en ambos bandos un recelo cutre o una soberbia necia, del peor nacionalismo del mundo mundial, cutrez y soberbia que todavían campan en aduanas/alfándegas y otros muchos puntos que ignoran quién está al otro lado y no ponen un aviso en portugués, de este lado, o en español, del otro, porque no interesa comunicarse, sino exhibir cada cual en su lado el idioma o particularidad para marcar distancias. Acabo de disfrutar mi segunda tanda anual de Portugal, una de mis debilidades naturales y culturales. En el restaurante de Lisboa tenían la carta en francés, inglés, alemán e italiano, lenguas que necesitaban para comunicarse con el mucho turismo; pero no había carta en idioma español, aunque el restaurante rebosaba españoles. El español no lo necesitaban o, mejor, necesitaban no ponerlo para estar a la altura de todo cuanto español nunca concebiría que su vecindad y su trato frecuente con Portugal y portugueses tuviese que descender a poner letreros en ese idioma . Decía un historiador árabe que los vikingos eran gente muy notable porque no hablaban. El historiador quería decir que los vikingos tenían su idioma, él tenía el suyo y cada uno en su casa y Alá en la de todos, bien incomunicados, era lo mejor.