Por quién llora hoy España

OPINIÓN

JUAN CARLOS Beiro Montes tenía 32 años. Lo han cazado como un pajarillo en el campo. Ayer salió de su casa a trabajar en su empleo de guardia civil. Y no ha vuelto. El beso que le dio a su mujer ha sido el último. El beso que les dio a sus dos pequeños hijos ha sido el último. Aquella mirada a la casa ha sido la última mirada. Alguien había salido antes que él de cacería. Ese alguien puso una trampa, y Juan Carlos y sus compañeros de patrulla cayeron en ella. A él le tocó la peor parte. Como un pajarillo. «Nos cazan como a pajarillos», había dicho un dirigente del PP. A los guardias civiles, también. Aquella mujer es hoy la estampa de la soledad y el dolor. Esos niños, sencillamente, se han quedado sin padre. Unas fieras disfrazadas de seres humanos se lo han quitado. Ninguna de esas fieras se ha planteado qué será de esas criaturas. Es ETA. Casi lo habíamos olvidado, metidos en el debate de la ilegalización de Batasuna y otras historias que siempre resultan menores al lado de la vida. ETA mata así, a sangre fría. Practica la caza del hombre. Desgarra familias. Es capaz de poner una bomba adosada a una pancarta-trampa, y a esperar a ver quién cae. Pudo haber sido un niño que jugaba por allí. Fue un trabajador honrado. Pero les importa poco su identidad. No se detienen a pensar si deja viuda e hijos. Su victoria es anotar una muerte en la culata. Un asesinato más. Un muerto más. Uno más entre un millar. Y después de esto, ¿me piden que llore por los etarras muertos por la noche en Bilbao? No, voy a llorar. Ni voy a preguntar quiénes eran. No voy, siquiera, a caer en la trampa intelectual de pensar que ese crimen de Berastegi es la respuesta a esas muertes. No. Los muertos de Bilbao eran como los que pusieron esa bomba-lapa. La estaban preparando para otra cacería del hombre. Yo sólo quiero llorar por quien ha sido cazado. Nunca lloraré por el criminal. Nunca entenderé a quien llora por él.