CUANTO PEOR, mejor. Cuanto peor les vaya a ellos, mejor nos irá a nosotros. Cuantas más bombas les estallen entre las manos, menos descerebrados quedarán en activo. Algún demócrata inocente ha salvado su vida. Y eso tiene que ser motivo de satisfacción, aunque esa felicidad plena nos la hayan quitado ayer mismo acertando en asesinar a un guardia civil. La muerte de dos presuntos etarras en Basurto, al manipular la bomba que transportaban hacia algún objetivo, significa nada menos que algún demócrata inocente ha salvado su vida. Evita que a estas alturas, además del de ayer, estemos lamentando un nuevo asesinato, y llevando ataúdes a los cementerios. Y pronunciando grandilocuentes discursos de condena. Por eso sorprende e irrita la tibieza y complacencia de algunos portavoces de partidos políticos, y dos de los obispos vascos, que no sólo han lamentado la muerte de los jóvenes etarras y expresado sus condolencias, sino que han calificado lo acontecido de «suceso triste». Pues no. No seamos cínicos. Los asesinos, los forajidos, no tienen cabida en una sociedad como la que pretendemos. Y, en este caso, ellos han sido víctimas de sus propios métodos. Así de sencillo. Se volaron a sí mismos, cuando lo que pretendían era volar a los demás. ¿Pero es que hay alguien con sentido común a quien se le salten las lágrimas por la muerte de dos dinamiteros cinco minutos antes de que causaran una masacre? ¿Pero es que queda alguien tan insensato como para no adivinar cuál iba a ser el destino final del explosivo que transportaban? En todo esto, lo que resulta lamentable y un suceso triste es que nos veamos obligados a elegir. Que la situación en Euskadi nos haya llevado a este dilema. Eso es lo trágico. Pero, llegados a él, ya lo decía Baltasar Gracián, «para vivir, hay que dejar vivir».