LOS QUE teníamos cuatro perras en la Bolsa y ahora tenemos sólo dos, sin haber vendido nada, estamos mejor preparados que los demás humanos para comprender el milagro (en este caso invertido) de la multiplicación de los panes y los peces. Tanto uno como otro son, ciertamente, difíciles de entender en su mecánica más interna y secreta, pero en cambio son concluyentes y explícitos en sus resultados públicos. En el sermón de la montaña todo crecía en abundancia y solidaridad, mientras que el púlpito de Wall Street parece haber caído en manos del profeta Jeremías, que lanza continuos lamentos admonitorios (a veces por boca de Mr. Greenspan), sin que nos sea permitida la bienaventuranza de ver el final de túnel. Me lo dijo un día un constructor: «No compres lo que no puedes tocar, ¡compra ladrillos!». Me pareció muy prosaico y no le hice caso. Sí se lo hicieron muchos españoles que se han subido a esa montaña del sermón de la burbuja y ahora se frotan las manos ante la multiplicación de su dinero. Así, España se va llenando de pisos vacíos cuyo precio sube por encima de todas las previsiones, mientras la Bolsa hace justo lo contrario. Por favor, no me lo expliquen más. Ya sé que se trata de milagros.